Dibujo con almendras

Dibujo con almendras

La niña madrugó para nacer mediado febrero, un amanecer de luna casi llena que se transparentaba en manchas azuladas. La niebla, ligera, subía del arroyo y se agarraba a las yemas y los botones de flor de los almendros. No venía el año temprano; para esa fecha, muchas veces ya asomaban incluso las primeras hojas tiernas, verdes, junto a la rama oscura, enmarcando las flores blancas o rosadas.

También así nació la niña, rosada, casi blanca, que lloraba tras un parto largo aunque de poco esfuerzo. Los troncos se habían hecho brasas durante la noche. Estaba la habitación caliente, húmeda de vapores del agua que hervía en el caldero apoyado en los trébedes. Los cristales del balcón se deshacían en lágrimas de vaho y la madre descansaba sobre las sábanas mojadas de sudor y sangre, con la criatura al pecho. El padre les echó apenas una mirada, pagó a la comadrona y despertó al resto de sus hijos. Hoy no habría escuela.

Repartió faenas: Fermín, el mayor, sacaría al ganado; Víctor, a recoger la hortaliza del huerto; las chicas, a atender a la madre, arreglar la casa, hacer la comida, hornear pan… Y a hacer rosquillas y llenar botellas de vino verde, que seguro vendrían visitas. Él avió a la yegua para llevar a la matrona al pueblo y se acercó a la parroquia a inscribir a la niña. Valentina, le puso el cura: el santo del día. De vuelta vio, en los almendros de las costeras orientadas al sur, alguna flor despuntando al sol. «Ya vendrá la helada. No llegarán a almendra estas primeras», pensó Damián.

Ya de vuelta subió a lavarse al cuarto. Valentina dormía en la cuna. La cama estaba limpia y arreglada y a la recién parida ya se le oía trastear en la recocina. Se acercó a su hija de pocas horas de vida: verla tan tierna como aquellas primeras flores le hizo correr un escalofrío por la espalda. Ocho hijos le había hecho Damián a su mujer. Uno nació muerto y otro se fue sin bautizar. Y otro más con dos años. Apartándose de la cuna volcó el agua de la jarra en el lavabo para alejar las sombras de su mente y el sudor de su rostro.

A los quince días el valle se ha pintado de blanco hasta el punto en que, de lejos, semeja estar nevado. Es la florada del almendro, que ha ganado al frío en las umbrías y no queda rincón sin blanquear. Es sábado y no hay escuela. Fermín deja al ganado ramoneando los arbustos y la poca hierba de los ribazos y saca del zurrón el libro de Historia, el cuaderno y el lápiz. Hace las cuentas y los ejercicios de lengua con su perfecta letra redondilla. Luego canta la lista de los reyes godos: una, dos, diez veces, hasta que está seguro de sabérsela. Acabados los deberes, lo guarda todo y saca el otro cuaderno, el más grande, de hojas blancas y rugosas, y dibuja el rostro dormido de su hermana pequeña, la sábana bordada, los balaustres torneados de la cuna de pino, el balcón y el paisaje que tras él se adivina. El trazo es limpio y suave, un esbozo perfecto, sin correcciones. Después saca una plumilla, recoge un poco del agua arcillosa del fondo de la fuente y da color a ciertos volúmenes del dibujo. Lo observa y, satisfecho, lo pone entre sol y sombra a que se seque.

A Fermín le gustan, sobre todo, los retratos. No es fácil, de memoria, conseguir los matices de la expresión, el ángulo exacto de las cejas o la sombra del rubor bajo los pómulos. Por eso acabará en casa, con tinta china, el dibujo de la hermana pequeña. De su propia melliza ha llenado tres cuadernos o más: a Natalia le gusta leer y, mientras tanto, él la pinta desde todos los ángulos, en todos los tamaños, contra todos los fondos.

También ha retratado a la madre: planchando, guisando, remendando calcetines. Con la expresión perdida escuchando la radio, o concentrada en un delicado bordado. Y al padre comiendo, o dormido frente al fuego, reflejados en su rostro la huella del cansancio y del tiempo transcurrido. A ellos no les importa que Fermín dibuje, ni que Natalia lea. Les piden, sí, buenas notas en la escuela, porque ellos pueden. No a Cristina que, con su dulce sonrisa y los ojos achinaditos, apenas es capaz de leer silabeando. Y las sumas, mal. Lo suyo es contemplar durante horas el cielo: de día, las nubes; de noche, las estrellas. Sin enfadarse nunca, ni llorar, ni reír. Fermín se cansa de dibujarla con la misma expresión, por eso apenas la busca, a pesar de ser la mejor modelo: siempre ensimismada, ausente, perdida en sabe Dios qué lejanías.

Víctor es el menos retratado. No tiene paciencia para posar, no está quieto nunca, de la escuela siempre vuelve con notas para los padres por su mal comportamiento. No es malo, es que no para. Salvo para cascar almendras. En eso se entretiene muchos ratos, y así está en el mejor retrato que su hermano le hizo.

Ya tiene media docena de dibujos de la cambiante Valentina. Mientras sus padres la escudriñan con temor en busca de los rasgos achinados de Cris, él detecta las sutiles diferencias del día a día: los ojitos un poco más abiertos, las mejillas más llenas, los labios más carnosos… Y los gestos plácidos del sueño, la rabieta del hambre o del culito sucio. La dibuja igual que cuando reflejó a diario el crecimiento de la flor hasta que fue promesa de almendra en su cuaderno y el maestro que aquel año le daba clase se lo llevó admirado. El mejor era uno en el que la abeja, delicadas y casi transparentes las alas, libaba néctar.

Pasó la primavera, el verano, y ya va bueno el otoño. La maestra de este año sube una tarde con Fermín y Natalia, para insistir en que Cristina y Víctor deben ir al colegio. Que es obligatorio. Estando en eso, se pone la yegua de parto y le dicen que disculpe, pero que hay que atender al animal. Fermín la acompaña hasta el todoterreno y, al llegar a la curva del camino, ella se vuelve hacia la casa y ve a Víctor encerrando a las ovejas; a Cristina con Valentina en brazos en la puerta agitando la mano todavía hacia ella; a Fermín, remangado, entrando en la cuadra. Y hasta donde le alcanza la vista, los árboles vencidos por el peso de las almendras, que casi es tiempo de recoger.

Mira la cesta que Fermín le ha puesto con frutas, hortalizas, un chorizo y un bote de almendras peladas, sabedora de que este año también firmará las calificaciones de los chicos sin comunicar nada a nadie, porque quién es ella para decidir la vida  de los demás.

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