Dulce pecado

Tiene ante sí todo un domingo para disfrutar de la soledad, y por eso, quizá, despierta temprano y salta de la cama con ganas de hacerlo suyo. Tras la ducha, se permite el lujo de cubrir su piel con una densa capa de crema y masajearla, sin prisa, hasta que la absorbe por completo. Se regala un desayuno con fruta, café con leche, tostadas con aceite y sal y un tranquilo cigarrillo contemplando el jardín de sol y primavera. Luego se viste y recorre las pocas calles que le separan de la panadería. Elige —sobrará, pero qué importa— una hogaza grande, aún caliente y, mientras saca el monedero, los ojos se detienen en la repostería. «¿Por qué no?», piensa. Bollos, hojaldres, tortas, mantecados, pastas de té, merengues, pasteles variados… Duda, incapaz de decidirse. Alza la vista y descubre en una estantería, detrás de la dependienta, las cajas de bombones. La tentación le puede y compra una. La de tamaño grande.

Ya en casa, se descalza, cruza las piernas sobre el sofá y rompe el celofán que la envuelve.

Crujiente interior crocanti con trocitos de almendra cubierta de chocolate blanco. Sí. Para empezar, un bombón con la inocencia del primer encuentro, dulce como el primer contacto de sus manos, tierno como el primer beso, que siempre sabe a poco.

Suave mousse de avellanas envuelta en una liviana capa de chocolate con leche. Lo deja deshacerse en la boca. Los ojos cerrados. La cabeza recostada.

Irresistible bombón con crema de moca en su interior y cobertura de cacao en polvo. Lo muerde como le mordía con dulzura los labios, descubriendo el sabor de una boca que descubría el sabor de la suya. La piel se estremece. La respiración se agita. A cuatro manos desabrocharon botones, hebillas, cremalleras, cierres.

Praliné con almendra caramelizada cubierto de fino chocolate negro. Leves roces de dientes contra dientes. Dedos que, aún despacio, exploraban formas delicadas en su apariencia y suaves al tacto, territorios vírgenes, un insospechado placer en la nuca, la línea de la espalda, el recodo de la cintura y las nalgas como ofrenda para las manos abiertas y necesitadas de apretar un cuerpo contra el otro.

Corazón de cereza envuelto en una ligera capa de virutas de chocolate negro. Encuentro de lenguas tímidas que se dejaban seducir compartiendo humedades, tierna dulzura de inofensivos, sensibles y blandos animales curiosos e inocentes. Como cuerpos ciegos que se palpan, acarician, amasan, rozan. Descubren recorridos de texturas cambiantes. Formas variables y crecientes se adaptan a la necesidad de dar y recibir. De sentir más.

Bombón de chocolate negro relleno de cremoso praliné de turrón. Sorpresa al abrir los ojos y encontrar otros —los otros— incrédulos, felices. Se despegan los labios para explorar con besos y suaves mordiscos los caminos trazados por las manos. Sabor del rastro salado de la excitación. Deliciosa trufa blanca cubierta de una fina capa de chocolate con leche, él. Exquisito bombón con cremoso interior de chocolate molido y un suave toque a naranja, ella. Transitan cada centímetro de piel, se acelera el deseo de acercase al centro. El mismo sabor en el beso más hondo y profundo, cuando recuperan la simetría de los cuerpos. Busca uno el coulant de chocolate negro con corazón de licor. Halla el otro el interior irresistible de blanco chocolate con cobertura de fondant. Se funden más, más hondo, más adentro. Suavísima crema de avellana envueltos en intenso chocolate puro. Más, hasta ser gemido dulce, mousse de chocolate blanco, grito, crepitante e intenso crujiente de puro cacao. Agotados. Exhaustos.

Sobre el sofá, ella. Sola, desnuda, la caja vacía, la piel sucia de sudor y chocolate, lágrimas mezcladas con los restos de los bombones deshechos en sus manos, sus labios, los pezones aún erectos, el hoyuelo del ombligo, el musgo húmedo de su sexo, amargo chocolate puro con lágrimas saladas, dónde está el bombón con sabor a traición, a abandono y ausencia, dónde, maldito domingo de soledad que se ha nublado de recuerdos de chocolate negro negrísimo y que, tampoco éste, podrá ya disfrutar como quería.

Dulce pecado fue publicado por La madriguera de historias, punto de encuentro de escritores y artistas gráficos, en su cuarta convocatoria. La magnífica ilustración que lo acompaña es obra de Carlos García Yagüe

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