En la laguna

Cuando mi hijo mayor, Martín, cumplió diez años, decidí hacer con él una excursión a la laguna. Pasé mi primera noche a la intemperie a una edad parecida, con mi mejor amigo y su padre. Éste nos enseñó a hacer un vivac, a encender fuego, a poner trampas para cazar conejos… y algo parecido quería legarle a Martín. Quizá le fuese tan poco útil en la vida como me había sido a mí, pero estaba seguro de que su recuerdo sería igual de feliz. Cargamos en el maletero la lona, los sacos de dormir y las mochilas con lo imprescindible para un par de noches.

Comenzamos a bordear el embalse y Martín, que había ido muy callado hasta allí, se interesó por el paisaje de pinares que atravesaba la carretera, por los pueblos que cruzábamos —cada vez más pequeños—, por los caballos y el ganado que veíamos en el campo. Después tomamos el desvío hacia la laguna, más estrecho y empinado, y volvió a guardar silencio. Al final del camino había varios coches aparcados y grupos de personas que habían pasado allí el día y ya estaban recogiendo para volver. Yo había solicitado permiso para vivaquear, por lo que pronto estaríamos solos. Por supuesto, no podría hacer fuego ni intentar cazar ningún animal; aún así, esperaba que fuese una buena experiencia para Martín.

Pude ver en sus ojos cómo la laguna, protegida al frente por altas paredes de piedra oscura, le impresionaba tanto como a mí la primera vez que la vi: sorpresa, admiración, silencio. Se acercó entre los pinos hasta la orilla. Luego, sobre una piedra, se quedó quieto, volviendo la vista hacia la puesta del sol y de nuevo hacia el agua, cada vez más negra. Los últimos excursionistas se habían marchado y la Guardia Civil paró a nuestro lado. Comprobaron el permiso, nos recordaron las prohibiciones, aconsejaron prudencia y partieron tras los demás coches que se  encaminaban de vuelta a la civilización.

Martín me miraba expectante. Extendí una lona en el suelo, desplegué los sacos, conecté el farol a la batería del coche y le pedí que sacase la cena de la mochila: pan, embutidos, una caja de leche y galletas para él, la bota de vino para mí. Cenamos observando cómo el cielo se llenaba de estrellas. Le enseñé a Martín a distinguir la Vía Láctea y las principales constelaciones y, con la brújula, a la Estrella Polar marcando el Norte. Al rato, vi en sus ojos el sueño y apagué el farol. Nos metimos en los sacos y quedamos en silencio. Su respiración se volvió acompasada y tranquila en pocos segundos. Miré con ternura el bulto de su cuerpo de niño e intenté dormir.

No sé cuánto tiempo habría pasado cuando me di cuenta de que, desacostumbrado a ellos, los ruidos del bosque iban a ser un obstáculo para el sueño. Dos o tres veces saqué el brazo y apunté con la linterna encendida a los troncos de los pinos más próximos y a las sombras de los arbustos, convencido de que lo que quiera que anduviese tan cerca era más grande que un conejo de monte. Contraviniendo las prohibiciones, encendí un cigarrillo.

En ese momento, los recuerdos sepultados en el lugar más perdido de mi memoria llegaron de golpe. Vi cómo Julián, el padre de mi amigo, con su sempiterna colilla humeando en la comisura de los labios, ataba su galgo al tronco de un pino. Luego le echaba uno de los conejos que habían caído en las trampas y, retirándose unos pasos atrás, con la escopeta al hombro, apuntaba con calma. El eco del disparo rebotó en las paredes que rodeaban la laguna, mucho más tiempo de lo que el galgo, con un tiro detrás de uno de los ojos, tardó en morir. Recordé la voz ronca de Julián al explicarnos que era menos cruel evitarle el sufrimiento de la vejez, mientras el cuerpo flaco caía con un chapoteo en el agua oscura. Y recordé la jaula vacía todo el camino de vuelta y que nunca volvimos a nombrar al perro.

Entonces volví a escuchar el quebrarse de la rama de un arbusto. El haz de la linterna rebotó sobre dos ojos brillantes. Agarré una piedra y la lancé contra ellos. El quejido fue como de perro, y el ruido de sus pisadas se perdió alejándose entre los pinos. Quizá un lobo, pensé. Me arrimé al saco de Martín y por fin pude conciliar el sueño.

Clareaba ya el cielo por el Este cuando me desperté sobresaltado. Al girarme buscando el saco de mi hijo, lo golpeé con el codo. Martín gruñó sin despertarse. Me levanté y me metí entre los arbustos en los que había visto los ojos del animal nocturno, mirando a un lado y otro, pero no supe encontrar ninguna huella. La orina hizo vaho con el frío de la mañana. Justo entonces apareció el galgo, mirándome expectante. Era el galgo de Julián, exactamente igual que lo recordaba. El color canela, la mancha blanca de la oreja que descendía por el ojo hacia el cuello. Recordé cómo yo le sujetaba del collar mientras Julián lo ataba al pino, cómo le rasqué el pelo, disfrutando por anticipado del espectáculo que me esperaba. Me vi, entonces, retirándome unos pasos. Le vi, ahora, el agujero negro del disparo, justo en el mismo sitio.

Creo que me agaché para coger un palo o una piedra y, al alzar la vista, ya no estaba. Entonces oí el grito de mi hijo rebotando en las paredes que rodeaban la laguna y el chapoteo de su cuerpo al hendir el agua oscura.

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