Gorilas en mi vida

Aunque nació con el tecnicolor instalado en los sueños, su primer recuerdo de una película era un chimpancé en blanco y negro jugando con un tipo que no se parecía en nada a papá ni a su hermano Jorge, los hombres de su vida. Luego aprendió que el ser humano desciende del mono y se imaginó un mundo primigenio sin colores. Yo, Tarzán. Tú, Jane. La oscura sala del cine del domingo era un lugar mágico en el que se aprendían muchas más cosas que en el colegio, donde Sor Mercedes (también en blanco y negro, la cofia sobre el hábito) intentaba congeniar a Dios y al mono. Por lo demás, a ninguna de las niñas del colegio le interesaba especialmente ese problema, ni tampoco la inquietud de María por la capacidad de Chita para entenderse con Tarzán. ¿Estaría Chita a medio camino entre el mono y el hombre? Conocía gente (la hermana portera, sin ir más lejos) con mucha menos inteligencia que el simpático chimpancé. Mamá, sin embargo, sí era inteligente y, además, tan guapa como Jane. Le ayudaba con los deberes, sabía guisar y coser y trabajaba en una oficina por las mañanas llevando cuentas -con lo difíciles que le resultaban a María las cuentas–.

Papá no debía ser tan listo como mamá, porque al volver del trabajo todavía tenía que hacer deberes. Que, a su edad, aún estuviera estudiando, a María le daba un poco de vergüenza. Además, cuando tenía que decir que su padre era aparejador, siempre pensaba que debía ser bien tonto dedicarse a hacer parejas. Otros padres eran albañiles, médicos, tenderos, en fin, algo normal. Una tarde de domingo, de camino al cine con papá, le preguntó qué sería cuando terminase de estudiar.

—Arquitecto, hija —contestó él.

—Y los arquitectos, ¿qué hacen? —preguntó María.

—Los planos de las casas, hija.

María sabía lo que era un plano, pero no se atrevió a preguntar si es que había gente que se perdía en sus casas. Luego pensó que, a lo mejor, eran planos para los edificios grandes, como el Ayuntamiento o el Banco. Ya lo vería cuando acabase de estudiar, si lo lograba, pensó. Habían llegado a la puerta del cine y María vio a una Chita gigantesca y horrible con una mujer en la mano. Aquel día descubrió el terror y que había ciudades en las que su papá tendría trabajo, pues las casas eran altísimas y seguro que, sin planos, podías perderte fácilmente. También comprendió que había monos buenos y malos, igual que hombres buenos y malos, pero salió del cine muy confusa, pues al final le había tomado cariño a King Kong, que no era malo sino que estaba enamorado de su Ann y, sin embargo, los hombres que se suponía que eran los buenos, lo mataban con los aviones. Aunque, realmente, no fueron los aviones, fue la belleza quien mató al monstruo.

La confusión –ésa y otras peores– duró, poco más o menos, toda su adolescencia. Mientras tanto, papá terminó la carrera y entró como socio en el mismo despacho en el que había trabajado como aparejador hasta entonces, aunque su vida no cambió mucho. Ya no tenía deberes, pero se traía trabajo a casa todas las noches. Mamá, sin embargo, dejó de ir a la oficina y empezó a ir de tiendas con las mujeres de los socios de papá. También salían a cenar de restaurante todos los matrimonios juntos a menudo y, por fin, se decidieron a comprar un chalet que quedó libre en la urbanización que ellos mismos habían promovido unos años antes en un pequeño pueblo del Mediterráneo. Era menos lujoso que los que los socios se habían construido, pero le descontarían el precio de los beneficios y lo podrían pagar sin problemas. María y Jorge fueron con ellos en las primeras vacaciones de verano. A ella le encantó el mar, la playa, la arena, sentir la sal quebradiza en su piel al secarse al sol. Disfrutó por primera vez con Jorge de paseos y excursiones y descubrió que su hermano prefería hablar con los pescadores a estar con sus nuevos amigos, los hijos de los socios de su padre. Una tarde los esquivaron y la llevó al pueblo, a ver El planeta de los simios. Al salir, ante dos coca-colas, le hizo una interpretación de lo que ella no había sabido ver, y comparó a la gente de la urbanización con la del pueblo de siempre. A la vuelta, los jóvenes les esperaban en la piscina. Habían bebido, se burlaron de ellos e intentaron tirar a María vestida al agua. Jorge lo impidió y se fueron solos a la playa. Con los últimos rayos de sol, él le recordó una frase de la película: «Apunta otra victoria para el espíritu humano».

La atracción que sentía por Alberto, el mejor amigo de Jorge, y su pasión por los ordenadores, esas máquinas que jamás podrían emular al hombre, le resultaban a María tan incomprensibles como la escena de los homínidos del principio de 2001, una odisea en el espacio. La primera vez que él la desnudó entre lentas caricias, ella le confesó:

—Alberto, tengo miedo.

Alberto la dejó recostada sobre el sofá. Se quitó también toda la ropa, la miró fijamente a los ojos, muy serio e, imitando una voz sintetizada, contestó:

Tengo miedo. Tengo miedo Dave. Dave, mi mente se está yendo. Puedo sentirlo. Puedo sentirlo. Mi mente se está yendo.

Rompieron a reír a carcajadas que fueron poco a poco amainando, transformándose en sonrisas, dulcísimas palabras y caricias y, juntos, dejaron ir mentes y cuerpos más allá de la búsqueda, de la entrega, y de un placer que, no por haberlo visto en la pantalla, resultó menos desconocido y asombroso. Los besos de película se quedaron insulsos, los abrazos de cine fueron poco para ellos. Se fundieron en negro, en blanco, y en todos los colores intermedios. Se amaron en picado y en contrapicado. Hicieron travellings, planos medios y primeros planos. Hubo luz y, aunque no necesitaron cámaras, toda la acción que sus cuerpos pudieron interpretar en el tiempo que les fue concedido. Aquella entrega apasionada y alegre se repitió cada vez que –y aquello sí era una odisea– lograban encontrar un tiempo y un espacio para amarse.

Sin embargo, no todo fue más fácil después de comenzar a vivir juntos. Como los protagonistas de En busca del fuego, tuvieron que luchar contra el mundo y contra sí mismos para mantener la llama prendida. Se amaron y se odiaron, y volvieron a amarse. A veces se atacaban con saña y otras se protegían el uno al otro. Inventaron un lenguaje de gruñidos para no tener que hablarse cuando se enfadaban, para las mentiras y para los insultos, y un silencio repleto de significado para las reconciliaciones y los sueños. Se sintieron a veces tan perdidos como Gorilas en la niebla, y se vieron en ocasiones obligados a defender su hábitat y la pequeña tribu que formaron con sus hijos. La vida era difícil y, sin embargo, hermosa. Y como dejó escrito la auténtica Dian Fossey, «Cuando te das cuenta del valor de la vida, uno se preocupa menos por discutir sobre el pasado, y se concentra más en la conservación del futuro».

La conservación del futuro, precisamente, supuso que María y Alberto fueran muchísimo menos a menudo al cine. Jornadas de trabajo interminables; una organización estricta para, uno u otro, recoger a los niños del colegio y llevarles a inglés o a judo, bañarles, ayudarles con los deberes y contar un cuento por la noche antes de que se durmieran; fines de semana de compra en el súper, de zafarrancho en casa y de visitas programadas a la residencia de ancianos por la que fueron desfilando sus padres respectivos, hicieron que se perdiesen Congo y Mi gran amigo Joe. En su diario de cine sólo quedó marcada con cinco estrellas la tarde en que llevaron a los niños a ver una reposición de El libro de la selva. Durante meses se cantó en casa «I Wanna Be Like You» y, en la oscuridad del dormitorio de matrimonio, la recuperación de las risas en las noches de los sábados que, año tras año, habían degenerado en una lamentable rutina, fue una ilusión momentánea.

Aún pedía Rey Louie en el DVD el más pequeño de los niños cuando Alberto le confesó a María que se había enamorado de su secretaria y se iba a vivir con ella, suplicando una separación amistosa y la custodia compartida. Ella lo encajó bien: bióloga especializada en primates, sabía que el hombre no es un ser monógamo. Además, llevaba unos meses chateando con Danny, un joven paleontólogo, alumno del descubridor de Lucy, que vino a la Universidad a presentar un libro sobre el estudio de los huesos de la hembra de homínido, desde su descubrimiento hasta la publicación en Science de las conclusiones. Para María, escuchar su voz y contemplar su imagen iluminada por un discreto foco en la penumbra de la sala fue la más hermosa de las películas y, al acabar la charla, se colocó en la fila para solicitar la firma de su ejemplar. Mientras él escribía una frase de rutina con su nombre, ella le confesó que le habían quedado algunas dudas y pidió que le permitiera escribirle exponiéndoselas. El paleontólogo levantó la vista y apenas se fijó en que era una mujer de mediana edad, aspecto educado y un nivel cultural aceptable, y le anotó su correo electrónico a pie de página.

— Contestaré encantado si no me pone en ningún grave aprieto —dijo, sonriendo a la siguiente persona que se acercaba con el libro entre las manos.

Hoy María está sola en casa. Alberto y Sonia se han llevado a los niños después de un familiar desayuno en común, todos juntos. Prende su ordenador y un cigarrillo, que se consume mientras ella lee un correo nuevo en el que Danny, entre avergonzado y pudoroso, casi balbuceando pese a su elegante y hermosa escritura, le pide que se vaya a vivir a Nueva York con él. María intenta controlar un pulso que se ha acelerado. Sabe que nunca segundas partes fueron buenas, que no le gustan los remakes de las películas, que ni Danny es Cary Grant el paleontólogo, ni ella la Hepburn en «La fiera de mi niña», y su diferencia de edad más bien la contraria, pero…

Sus dedos se deslizan sobre el teclado y, en la pantalla, aparecen, invertidas, las más sencillas y hermosas palabras de amor del cine:

—Yo, Jane. Tú, Tarzán.

 

Publicado (fuera de concurso) en la recopilación de relatos del tercer y cuarto concurso de relatos breves CPEPA «ALFINDÉN» en 2012.

1 Comment

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MariajoseMartireply
23 mayo, 2015 at 16:17

Simpático e inteligente recorrido por una vida con el recurso de los primates y temas relacionados con ellos, como las películas, las semejanzas con nosotros los humanos y haciendo mención a los grandes investigadores que dedicaron sus vidas a su estudio. Me ha hecho disfrutar, y sobre todo, me ha traído al recuerdo aquellas películas maravillosas de Tarzán: las primeras y originales.

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