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Un hombre descorcha una botella. El nombre del vino cuenta la gloria de su tierra. También él creyó haberla alcanzado.

Desgrana recuerdos que saben a vino. El yayo en la viña y atardecer septiembre ahíto de uvas maduras. Un trago de nostalgia le abraza al recordar el peso del ataúd y su definitiva ausencia. O un amor en otoño que trajo ternuras a la luz de la luna. Ardores de  besos y vino joven como la sangre que recorría sus venas. Era morena, de ojos muy negros; susurraba su nombre como nadie hasta entonces. Un día se marchó también. Ya no lloró su falta, absorto en alcanzar un ascenso tras otro: poder y gloria.

Mira sus manos y recuerda otras más curtidas. Busca a la autora de los versos del folleto del vino y recuerda los ojos oscuros, el cuerpo maduro como racimo henchido y una piel que brillaba con fulgores de luna.

Bebe sabiendo que la gloria no vale lo que uno de los sorbos del néctar de los reyes en compañía de un abuelo querido, de una amante entregada, de unos versos de amor.

(Texto seleccionado para la exposición del Primer certamen de relato corto de la D.O. de Calatayud. En las fotografías: la Bodega del Seminario de Nobles; el texto, sobre una fotografía, como el resto de la exposición, del Presidente del Consejo Regulador, Michel Arenas, y disfrutando con él del momento y de una agradable charla).

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