Llora el Ángel sobre el altar del bosque

Llora el ángel sobre el altar del bosque, en esta hora en que la tarde huye y el sol deja un rastro de acuarelas, una luz teñida de púrpura y naranja que las ramas sin hojas ya no tamizan. Llora el ángel y se estremece en la soledad del claro entre los árboles, al borde del camino estrecho. Llora, y sus sollozos detienen el aire, detienen la luz, detienen el rumor de la hierba y los pasos de los pequeños habitantes que escapan hacia sus madrigueras, al filo de que aparezca en el cielo malva la primera estrella, la que anuncia la noche.

Llora el ángel el llanto de la culpa, y se le une el canto del ruiseñor en la rama cercana. Pero ni el trino del ave le consuela: llora el llanto de todas las medusas, llora hileras interminables de ánades, llora un principio de otoño y el eco de las caracolas en los navíos hundidos. Llora por todos los niños que ya no nacerán y por su sitio perdido en el Paraíso, que no pueden las flores en invierno devolver la vida a quien fue muerto, ni aun las que broten entre la nieve, en enero, de la descomposición de su carne y el abono de sus huesos quemados. Como tampoco gritarán las estrellas el eco del espanto atrapado en su garganta ni siquiera en las noches sin luna, ni siquiera cuando un cometa, o el polvo de un cometa, o el polvo de la cola de un cometa atraviese el cielo nocturno de este a oeste.

Llora el ángel su falta de atención y sus lágrimas mojan la piedra sin pulir del altar y lavan la sangre derramada que nunca debiera haber brotado de flores carmesíes, al compás violento de una sinfonía sin escrúpulos ni arpegios. No se hubiera distraído el ángel de cumplir su cometido de no haberle engañado los armónicos dulces de los besos, silencios de corchea y amor de pentagrama en clave de Sol. Cómo pudiera adivinar que entre tanto suspiro acompasado tremolaban el miedo y un odio tan antiguo como el mundo. Si hubiera, al menos, leído las señales en el humo revuelto de las hogueras de San Juan, cuando aquel primer baile que vigiló de cerca. Pero cómo levantara sospechas un galán tan atento y educado, mariposas sus manos en la cintura de la niña. Ni el beso en la mejilla del sábado siguiente al devolverla a casa tras el cine, ni las risas de julio, arcoíris lanzados desde el agua a sus ojos, de sus manos al vientre terso de su chiquilla. Y cómo desconfiar de los sopores de la siesta de agosto a la sombra mansa de las higueras, él haciendo canciones con la flauta tallada en vara de avellano, ella dejando caer el libro al cerrársele los ojos, él quitándole el polvo y guardando un pétalo de rosa entre sus páginas, ella despertando como si él la trajese desde el fondo del mar con un sedal atado al más pequeño de sus dedos meñiques, justo el izquierdo, el meñique enlazado directamente al corazón por una arteria que late al mismo ritmo que la sangre bombea en el cerebro de él y le provoca una revolución en las neuronas.

Llora el ángel que descuidó su celo al ver al muchacho vigilante de que ningún peligro pudiera acechar al amor de sus amores, que ni persona ni planta ni animal la hirieran, que las piedras del camino no magullasen sus pies ni el sol quemase la piel tan suave de su amada. Llora el ángel perezoso e inconstante su negligente distracción, que no alcanzó a intuir el humor que enturbiaba la mirada del chico, ni receló del rápido crecimiento de sus uñas, síntomas que tampoco hubieran levantado suspicacias por falta de conocimientos de anatomía patológica, razón no achacable, es cierto, de ningún modo a su desidia. Sin embargo, si no se hubiese enamorado él también de los ojos azules y las mejillas rosadas del muchacho; si el rojo de sus labios no lo hiciera vibrar en la levedad de sus alas de ángel urgiéndole al vuelo; si los rizos morenos de su pelo no se enredasen de noche entre sus dedos quitándole el aliento y el sentido, habría detectado, cuanto menos, el cambio leve de su tono de voz, tan grato antes.

madriguera

Ilustración: Cristina Montori

Llora el ángel la ceguera de su amor, el mismo amor enfermizo contagiado de su niña, la niña de sus ojos, quien debiera haber sido su única y constante ocupación. Que no le fue encomendada otra misión, ninguna otra, por pequeña que fuese, salvo librarla de todo mal. Pero de tanto mirar por su mirada, de tanto tentar con sus manos, comer por su boca, besar con sus labios; de tanto latir en ella y ser uno con ella, sintió el amor de ella como suyo. Y vio al hombre y lo quiso, lo deseó con todo su cuerpo de ángel y lo amó con su corazón de ángel como sólo ama un ángel: tanto como amaba a la niña y tanto como a su propia vida y su destino de ángel de la guarda.

Y así le consintiera al chico los cambios de carácter, el mal genio aflorando, el gesto a veces brusco. Le perdonase celos, y desprecios, y enfados. Le perdonara, igual que ella acababa perdonándole, las lágrimas que surcaban el rostro perfecto de la niña, los ojos temblorosos, la garganta que se ahogaba en sollozos. Le perdonó —llora el ángel, ahora, sin saber cómo pudo— el primer grito, el ligero empujón, el golpe leve como sin querer. Y la ve amarlo tanto, y el ángel lo ama tanto, y es tan dulce el reencuentro, la reconciliación… Es tan rico perderse entre los cuerpos jóvenes y ardientes, sentir pasiones nuevas, prohibidas o negadas en su mundo de ángeles. Tan sabroso fundirse piel con piel, sexo con sexo, saliva con saliva, navegando entre ellos por los ríos azules de sus venas, verse arrastrado por la sangre tan roja en las arterias, por los fluidos transparentes que pueblan órganos y deseos ignotos en los inexplorados mundos de los ángeles. Tan delirante sentir la pulsión de amar hasta la muerte, hasta la muerte, amor, hasta la muerte. Los ángeles no mueren, mi niña, mi muchacho, los ángeles os libran de la muerte y yo quiero, ¡oh, Dios!, yo quiero llegar hasta el final, consumirme en vosotros hasta descubrir el sexo de los ángeles, amor, amor mío, dulces amores míos.

Llora el ángel caído en el amor más grande que la muerte, amor te doy mi vida, te doy la vida entera, muero por ti, mi amor, que sin ti no soy nada, si tú no estás a mi lado, la vida no vale nada, amor, y tantas y tantas palabras envenenadas llenando el corazón cálido y tierno de su pequeña, llenando también su propio corazón de ángel, cegando su entendimiento de ángel. Palabras de amor y muerte, ciegas, nocivas, intoxicadas, mentirosas, insalubres, traicioneras. Poderosas, malditas palabras. No fue enseñado el ángel a cuidar a su niña de palabras, sino de piedras y cuchillos, de abismos, de agua o fuego, de disparos y venenos y cuerdas. La alejaba de todo lo que era demasiado alto, demasiado rápido, demasiado oscuro. No fue capaz de percibir en el amor tantos peligros juntos.

Anochecerá sin que cese el llanto del ángel que, rendido, caerá en un sueño poblado de pesadillas, de presagios, de presentimientos que no pueden ya, no podrán ya, nunca, cambiar lo sucedido. Pues junto al altar sobre el que llora el ángel, duerme estrangulado en un arrebato de cólera inexplicable, quemado y enterrado, el cuerpo de la niña, la sangre de su sangre, la vida de su vida, el único motivo y fin de su existencia, ella sí, que sólo entre ellos son ciertas las trágicas palabras que convocaron al destino, pues tiene cada cual sólo un ángel que lo guarde de tantas asechanzas. Caerá la noche oscura y sin estrellas y él, su ángel de la guarda, irá consumiéndose en lágrimas, aun dormido, hasta que sólo las alas queden, deshechas en despojo de plumas que el caminante madrugador confunda con los restos de una garza blanca que viera, tiempo atrás, solitaria en la orilla del río.

Texto creado sobre la ilustración de Cristina Montori para el proyecto La madriguera de historias.

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