Los últimos lobos

A lo que permanece.
Siempre.

La loba no lo sintió llegar en toda la noche. Se despertó con frío y  miró hacia la boquera de la guarida buscando su silueta, pero sólo encontró la luz gris de un amanecer lluvioso. Desperezándose, se puso en pie. Se asomó a la entrada, olfateó. La lluvia intensificaba los olores: los intensos de la tierra húmeda, de las agujas de los pinos, de las hojas podridas de las hayas; el olor fresco de los helechos mojados, el rastro leve de los roedores nocturnos, alguna traza intermitente a sal, del mar lejano. Pero no halló el aroma fuerte del macho.

Salió, trepó un poco hacia arriba, hasta las rocas, por encima de la lobera. Bebió del agua que la lluvia dejaba en pequeños charcos. Buscó el olor del lobo, pero por allí no había pasado tampoco. Sin embargo, su cuerpo se puso en tensión: había notado el del humo, el humo del hombre. Comprobó que venía del pueblo y volvió a relajarse. Seguía lloviendo, de modo que volvió a su refugio. Se tumbó a la entrada, con el hocico entre las patas delanteras. Esperando, alerta.

Las horas pasaban, pero la loba no parecía inquieta. Estaba atenta a los ruidos y los silencios del bosque, a los aromas que el viento leve acercaba, mientras la lluvia caía sin cesar. Cuando sintió hambre, salió de nuevo. No muy lejos de allí había enterrado unas noches atrás una pequeña presa. Se dirigió hacia el lugar, pero repentinamente pareció cambiar de idea: Se paró en seco, olfateando, levantando la hermosa cabeza, girándola despacio, la nariz dilatada al máximo. Aquello, sin duda, era el rastro del lobo, e indicaba que se había dirigido hacia el pueblo. Receló; giró en círculos mientras olisqueaba la tierra, la piedra, los matojos, poniendo en alerta todos sus sentidos. Parecía dudar entre quedarse esperándolo, porque siempre había vuelto a la guarida, o seguir su instinto: sabía que el lobo gris estaba viejo y cada vez más cansado; sabía que no habría más camadas de cachorros suyos y que ningún otro macho se acercaría ya hasta allí. El hombre había ceñido el frágil territorio del bosque con una carretera en la que quedaron los restos, picoteados por los cuervos, del último miembro de la manada que intentó cruzarla un par de años atrás. El pinar que quedaba al otro lado había ido desapareciendo desde entonces, poco a poco, devorado por máquinas que dejaban tocones y olor a gasoil.

Eso la decidió a seguir el rastro cuesta abajo. Silenciosa e invisible entre los matorrales, evitando los olores del hombre y los senderos más trillados, cuidadosa y lenta, la loba se acercó al lindero del bosque. Más allá empezaban los campos de cultivo y era difícil ocultarse. A pesar de la lluvia y de que el otoño acortaba los días, aún había luz para que cruzarlos fuera muy arriesgado, y por ello la loba se ocultó entre unos espinos. Su denso pelaje mojado la protegió de los arañazos. Husmeó el escondite; otros lo habían utilizado antes que ella. Pero no encontró ningún despojo que llevarse a la boca y apaciguó el dolor del hambre mordisqueando unas bayas. La lluvia fue cesando y, mientras se secaba, dormitó hasta el anochecer.

Luego, cuando se confundía el color oscuro de su pelo con las sombras de la noche y la niebla ascendía callada por el monte, buscó de nuevo el rastro del macho. Por el límite de los campos, dejó atrás el pueblo y  continuó cuesta arriba hacia la última loma, la que separaba al pueblo del mar. Su cercano rumor lamiendo los acantilados apagaba otros sonidos. El olor a hombre también contaminaba aquella zona en la que la loba nunca había estado antes, por lo que estuvo atenta a todas las señales que pudiera percibir.  Tras rodear un roquedo, de pronto la cegó un fuerte destello. Por instinto, apretó el vientre contra la tierra y se quedó inmóvil.

Durante unos segundos, oído y olfato buscaron el peligro. La intensa luz volvió a deslumbrarla, pero no detectó otro riesgo. Aún así, se arrastró hacia atrás hasta quedar a salvo bajo las rocas que acababa de sobrepasar. Entonces pudo ver que la luz venía de detrás de la cima de la colina que casi había alcanzado, y que giraba acompasada iluminando una franja de terreno a su alrededor. La sombra de las mismas rocas desnudas que culminaban la colina y la niebla densa que las envolvía se la habían ocultado hasta ese momento.

Cuidando de no cegarse de nuevo, trepó hasta ver la parte superior del faro y el haz de luz giratorio surgiendo entre la bruma. Avanzó un poco más, rodeando la cima. Distinguió el faro completo y adivinó el mar a sus pies. Sólo desde donde estaba la loba se podía bajar hasta él; el resto del acantilado caía vertical sobre la masa oscura y danzante del agua. Y hacia allí la dirigía, nítido, el rastro del lobo.

Era un sendero estrecho y empinado, tallado en la roca, que llegaba hasta el muro del faro. Sobrepasó la entrada, una verja de malla sin resquicios, siguiendo el olor penetrante hasta una pequeña oquedad en el muro. Acercó el hocico y escuchó el gruñido sordo del lobo. Ella gimió suavemente, mientras introducía el cuerpo por el hueco, buscando ya el de su compañero. Lo vio al fondo, semioculto en una leñera vacía, y trotó hacia él, ondeando el rabo peludo hacia los lados, contenta. Él se incorporó con dificultad, olfateándola mientras la loba le lamía el hocico y comprobaba que no había señales de heridas bajo su pelaje gris. Luego se tumbaron el uno junto al otro. Ella apoyó la cabeza sobre el lomo del macho y barrió el suelo con la cola. Los ojos de la loba seguían la estela de la luz entre la niebla.

No sé cuánto tiempo habría pasado hasta que, haciendo la ronda mensual por los faros de aquella costa abrupta, encontré allí sus restos devorados por las ratas. Era un atardecer cálido y me sobraba el tiempo, así que saqué el cuaderno de la mochila y dibujé a los últimos lobos del bosque, en la leñera, antes de su muerte. Después escribí el relato del  recorrido postrero de la loba.

Nada más terminarlo, he oído un gruñido a mi espalda. Hace mucho tiempo que no hago la ronda armado, desde que dejaron de verse lobos en el bosque.

Presentado a concurso en Canal-Literatura 2010

2 Comments

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Clarareply
25 abril, 2015 at 15:51

Afortunadamente hay parajes donde seguir rastreando huellas respetuosamente. Parajes de grafito que visten la memoria del hombre.

Dies Iraereply
26 abril, 2015 at 12:07
– In reply to: Clara

Siempre siguiendo el rastro, siempre dejando huellas.
Y besos.

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