Duendes

Los duendes de los cables son el último paso en la evolución de los primitivos duendes de los bosques. Estos vivían entre las raíces de los árboles y eran de un color pardo que les hacía pasar desapercibidos. Parasitaron al ser humano en cuanto vieron las ventajas de convivir con él: entraron por las chimeneas de las viviendas y se aprovecharon del calor de sus casas y de la abundancia de comida almacenada en despensas y graneros. Su naturaleza traviesa les hacía esconder objetos y asustar a la buena gente emitiendo ruidos que los hombres interpretaban como risas o lamentos de espíritus. Se volvieron azulados como el humo, leves, volátiles.

Ocupados los huecos de las chimeneas, algunos pasaron a utilizar depósitos, tuberías y desagües para sus desplazamientos. Amaban el agua, sin importarles su grado de limpieza, y las fuertes corrientes que se originaban y que les transportaban con velocidad de un sitio a otro. En consecuencia, las tuberías fueron también objeto de sus juegos: atascos, absurdas explosiones al abrir un grifo, sonidos amplificados y distorsionados por ecos y recovecos de gruta, de estanque, de cascada. La naturaleza de esta subespecie de duendes se mimetizó con su elemento, volviéndose fluida, algo viscosa y transparente.

Con sus ojillos pequeños, vivarachos e inquietos, otros duendes se sintieron atraídos por los cables y cordones que llegaron a los hogares con la electricidad. Siguieron desde sus escondites la instalación del nuevo entramado de caminos. Les subyugó la temblorosa luz de las lámparas incandescentes al final de cada uno de ellos; los agujeros de los enchufes causaron una atracción irresistible y fatal, hasta que consiguieron comprender la naturaleza de la corriente alterna y adaptarse a ella. Se encogieron hasta el límite de la incorporeidad y adecuaron su potencia, intensidad y resistencia para sobrevivir de la misma energía que circulaba por sus cuerpos. O quizá ya no deberíamos llamarlos cuerpos, pero sí, desde luego, eran los duendes de la luz. Hacían estallar el frágil cristal de las bombillas y, de vez en cuando, provocaban un cortocircuito con su pequeño incendio en plomos y fusibles. Sus siluetas, cuando se dejaban ver, eran brillantes, chispeaban y titilaban como las estrellas. Sus voces adquirieron la condición de zumbido y chisporroteo. A veces, los hombres de fino olfato los presentían por un débil olor a socarrina, y seguramente habían desarrollado la capacidad de temerles más por su ausencia que por su presencia: el ser humano se hizo dependiente de la electricidad.

La aparición de los electrodomésticos provocó que las nuevas generaciones de duendes se especializasen, llegando a su culminación con los duendes de las lavadoras, aplicados a la desaparición de calcetines. Los de los frigoríficos fueron culpables incluso de algunos divorcios, ya que los matrimonios se acusaban mutuamente de haberse comido las provisiones a escondidas. Un nuevo aparato, la televisión, los rescató de la ignorancia y llegaron a tener su propio programa: Los Electroduendes.

La evolución, de la mano de la electrónica, fue tan rápida que en una única generación se adaptaron a la informática. No se debe confundir a los duendes informáticos con otros seres relacionados con ella, como los virus, el spam o los trolls: los duendes, por mucho que evolucionen, siguen teniendo un espíritu lúdico, pero siempre inocente. Son los culpables de que un correo electrónico no llegue al destinatario deseado, de que aparezca una web de contenido altamente vergonzante cuando dejas la pantalla encendida en el trabajo y has salido a tomar un café, o de que cuando pegas la firma habitual —Atentamente le saluda, Fulano— en tu carta de dimisión aparezca un emoticón sonriente antes de tu nombre y apellidos.

Obviamente, no pretendo un ensayo exhaustivo sobre las diferentes estirpes de duendes que evolucionaron desde aquel primer duende de los bosques que se pierde en el oscuro vacío de lo ignoto. No he querido hablar de la diversificación de los duendes de la naturaleza según la orografía y el clima de sus hábitats, ni de las escisiones entre los duendes rurales y los urbanitas. No he nombrado las diferencias entre las múltiples familias de los duendes industriales, aún cuando el duende de la trócola del delco es uno de los más inquietantes para nuestra especie. Realmente debo confesar que, a pesar de los años de investigación y estudio que les he dedicado, estoy muy lejos de poder realizar un árbol genealógico completo, incluso pese a conocer muy de cerca al insidioso duende de los árboles genealógicos, del cual soy capaz de defenderme.

Sin embargo, no quiero acabar mi exposición —de ahí su título— sin referirme a mi favorito de entre todos los duendes que en la historia han ocupado un lugar relevante; un duende que existe desde la invención de la imprenta y que ha sabido adaptarse a una vida muchas veces solitaria, incomprendida, humilde. Sus bromas son inocuas, pero capaces de provocar gran malestar entre un tipo de humano especialmente puntilloso, llamado lector: cambia una letra por otra parecida, omite un signo de puntuación, hace desaparecer una frase, un párrafo, incluso una página entera. Estoy hablando del duende de los libros, desesperación de autores, editores, impresores y, por supuesto, los ya nombrados lectores. Y ¿por qué yo, amante de la palabra escrita, puedo tener ese favoritismo precisamente hacia semejante duende?

Pues porque a pesar de sus inocentes —aunque molestas— travesuras, también es él, ese mismo duende, quien se esconde en una determinada palabra, una hermosa metáfora, un verso sublime o un argumento excepcional y, cuando recibe la luz de una mirada, de un salto, como los duendes de chimenea, alcanza el puente de la nariz del lector; trepa hasta alcanzar el lagrimal y se introduce agarrado al nervio óptico, como los de la electricidad, hasta el cerebro. Ni filósofos ni neurocirujanos han determinado todavía en cuál de los rincones de este complejo órgano se esconde la emoción, o quizá es que nuestro duende se cuela en una arteria, como los de las cañerías, viaja tiñéndose de sangre hasta el corazón y acelera sus latidos. O tal vez se filtre entre el aire de los pulmones cuando sentimos el pecho henchido por la lectura de una pasión amorosa, o baje hasta el estómago, encogiéndolo de miedo o angustia ante un relato de terror. De todos los duendes que he estudiado, es el que nos roba —como los de las lavadoras y los frigoríficos— lo más valioso que tenemos, nuestro tiempo. Y nos engaña, tergiversa y confunde, como los duendes informáticos, porque nos hace vivir, como reales, imaginarios mundos de fantasía. Sin embargo, sólo él, el duende de los libros, nos devuelve en felicidad mucho más de lo que podamos imaginar que nos fastidia.

Por ello recomiendo encarecidamente, a todo aquel que aún no lo conozca, no cejar en el empeño de descubrir al más fantástico de los duendes. Siempre está ahí, a su alcance, en cualquier libro.

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1er Premio del VI Concurso de Relatos Breves 2014 del CPEPA Alfindén. Publicado en 2016 en la antología de relatos participantes de los años 2013, 2014 y 2015.

1 comments

Muy bien. Escondido lo tenias, ladrona.

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