Noche estrellada

Theo Van Gogh – Ámsterdam

Mayo 1889

Mi querido hermano Theo:

Espero que tú y la encantadora Johana estéis bien. Yo me mantengo estable y, al menos a ratos, puedo pintar y dar algún paseo, aunque debo insistir en que, quien sea que quiere envenenarme, encuentra el modo también aquí, en el Sanatorio. Para que lo compruebes, debo hablarte del cuadro que estoy terminando.

Ahora lo observo, iluminado por la luz de la mañana. Me vuelvo hacia la ventana y compruebo la posición de la torre de la iglesia, los tejados, las colinas del fondo y los cipreses del primer plano. El cielo es todavía de un azul muy pálido, casi pastel, que se irá oscureciendo hasta, a primera hora de la tarde, convertirse en el azul intenso, casi ultramar, lleno de vibración y fuerza. Pero, cada día un poco más temprano, se descompone en tonalidades diferentes que aún no están en mi paleta, y van apagándose, virando hacia el rosa o el violeta, y luego se ensombrecen de forma paulatina. Ese azul oscurecido, sobre el que ya destacan nítidas las luces del pueblo y las estrellas, es el que he tenido que conseguir a fuerza de memoria. Es imposible pintar sin una luz, aunque sea la débil llama del quinqué tras el biombo, que, sin embargo, no desvirtúe el tono exacto del cielo que quise conseguir para su base. Dicen que hay más de cien azules diferentes; yo pretendo encontrar tan sólo seis o siete, pero han de ser perfectos. No puede ser el azul de Prusia, casi negro, de la oscuridad, sino el del momento exacto en que la noche cruza el límite y ya no puede volver atrás.

Comienza enseguida a hacerme efecto la dosis de medicación que me dan con el desayuno, pero sólo es ahora, gracias a ella, cuando tengo el pulso firme y la visión limpia, sin los cuales no puedo dar las pinceladas que reflejen la memoria de mi mirada nocturna. Vacío en la paleta los colores, los mezclo en distintas proporciones y, con varios pinceles, los aplico siguiendo las líneas de la brisa que recorre el camino de las estrellas, cortada en su trayecto por el ciprés estricto. Los montes, en cambio, redefinen su curva y la iluminan tenuemente. Antes de que una dulce beatitud me impida concentrarme, debo anotar las impresiones de lo que no se ajusta a mi recuerdo impreciso, para comprobarlo justo después de tomar la medicación de la cena, que tarda en hacerme efecto una hora más o menos. Una hora que, como cada anochecer, pasaré asomado a esta ventana.

Una hora. Es todo lo que tengo para sentir, para llorar, para dejarme llevar por el ritmo del cielo que contemplo, cambiante e inaprensible. Pero, durante este tiempo doloroso y lúcido, no puedo evitar las preocupaciones ni resistirme a los recuerdos, y mi mirada es alterada por las lágrimas. Las estrellas, que sé puntos concretos apenas titilando en su sitio, crecen ante mis ojos y bailan con la brisa. La luna tiembla, se expande confusa en mi mirada acuosa, sólo su centro se mantiene enfocado. Los colores varían, se alteran, intensifican o apagan dependiendo de cada pestañeo. Debo añadir blancos, amarillos, incluso rojos. Rendido a las emociones que me perturban el espíritu, así es como quiero pintarlo. Sé que busco un imposible, pero, mientras me quede voluntad, lo intentaré. Contemplo tan fijo como puedo el cielo estrellado, cierro los ojos y camino los tres pasos exactos hasta la mesa y el cuaderno y, casi a ciegas, lleno las hojas de frases ilegibles, la tinta diluida por un llanto que no puedo contener, los sollozos sacudiéndome el pecho, la mano agarrotada. Caigo al suelo, me arrastro hasta la cama y me vence una somnolencia narcótica de la que no recordaré los sueños si despierto.

Hoy te he escrito en vez de pintar, porque necesito que me envíes láminas para poder trabajar el color. Si pudieras conseguirme La Piedad de Delacroix, La resurrección de Lázaro de Rembrandt y otras similares… Mientras llegan, seguiré trabajando sobre Millet, mi favorito. Nunca me canso de él.

Theo, ya no puedo escribir. Ahora tengo que acostarme, pierdo el sentido, alguien me envenena, quieren acabar conmigo, ayúdame, hermano.

Vincent

Hospital Mental de Saint-Paul-de-Mausole. Saint-Rémy-de-Provence

 

Primer Premio VIII Concurso Literario La Puebla de Alfindén. Tema La pintura. 2015

 

2 Comments

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Josemareply
16 julio, 2015 at 18:00

Muy bien escrito, como siempre y muy bien mostrado el estado mental del pintor y la lucha por capturar los colores. Me gusta mucho.

Dies Iraereply
18 julio, 2015 at 16:04
– In reply to: Josema

Gracias, Josema!

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