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En las V Jornadas de Antropología de la Educación se realizó en La Puebla de Alfindén la representación de un aula de los años 60. Con la ayuda y los recuerdos de las compañeras y amigas de la Fundación Lisón-Donald, escribí este texto para presentarla:

Dicen que el olfato es, de los cinco sentidos, el que con más intensidad nos trae recuerdos. Será por eso que el de las manzanas asadas me lleva de inmediato a la infancia. A la escuela. A la estufa de carbón, en donde las hacíamos. Y con esa imagen vienen más en cascada: el rezo (y cantar el «Cara al sol») de la mañana, antes de meternos con las cuentas, o a marcar en el mapa (el de España, el del mundo) los ríos y cordilleras, las capitales, los cabos y los golfos. Al acabar el dictado podía tocarte ir a hacerle la compra a la maestra, o a la carbonera, a rellenar el capazo —también me llega ahora aquel olor, ya desaparecido—, y volver, cómo no, toda tiznada.

Tiznada de negro carbón o blanca de tiza si te mandaban sacudir el borrador de la pizarra. Manchada de tierra por ir a plantar pinos, o de la yerba verde —y qué mal se iban esas— a la vuelta del Llano, el jueves Lardero, a donde habíamos ido con pan y longaniza, de la misma medida ésta que tu dedo corazón. La ropa sucia y las rodillas «esconchadas», de jugar en el patio: Burro, balón prisionero, la comba, la goma, las tabas, las chapas y las canicas. Juegos de chicas y de chicos, pocas veces mezclados, la maestra y el maestro atentos y vigilantes al cumplimiento de las normas. Había que hacer el Viacrucis en Semana Santa y llevar flores a María en mayo.

Las niñas más pequeñas en un aula, las mayores (y las más listas, las que iban adelantando), en otra. Los chicos, ya lo hemos dicho, aparte. La lección, de carrerilla. Y, si no, castigada  de rodillas al rincón, con los brazos en cruz, un libro —gordo— en cada mano. La letra, con sangre entra. O, con suerte, recitada, como las tablas de multiplicar y la lista de los reyes godos. El catecismo, de memoria, y bien sabido. Al acabar las clases, por la tarde, la labor o el repaso, con los últimos rescoldos de carbón en la estufa, no fueran a salirnos sabañones.

Y aún así, qué bien cuando empezaba la escuela después del verano, las trenzas apretadas, cuadernos a estrenar (y libros casi siempre heredados), plumier nuevo (o el del año pasado), la caja de pinturas Alpino y la goma Milán, verde o roja, y ese olor a lejía de la tarima recién fregada el primer día de clase. Ese olor a escuela y a aquella irrepetible, inolvidable niñez nuestra.

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