Recuerdo de una torre abolida

Nunca aprendí a jugar bien al ajedrez, me falta capacidad de concentración. Mi padre intentó enseñarme, la primera; luego, a todos mis hermanos. Incluso a su nieta la sentaba, aún bebé, frente a la cuadrícula del tablero. Pero creo que ninguno entendimos su pasión.

Hubo varios tableros de ajedrez en casa. El más bonito era de madera taraceada, grande, con unas figuras algo cubistas. Otro, con el que jamás jugó papá, era pequeñito, de mármol blanco y verde y estaba —está— de adorno sobre una mesa de café. También había un par de ellos pequeños, prácticos, portátiles, para sacar al jardín o llevar al dormitorio.

Papá jugaba mucho solo, contra sí mismo (papá vivía mucho solo, contra sí mismo). De vez en cuando salía a hacerlo a casa de algún amigo, o venían ellos. Apenas hablaban mientras la habitación se llenaba de humo. Otras veces participaba en campeonatos y quedaban luego sobre la librería las copas de cobre y de alpaca, bajo una capa de polvo, marcando el paso de los años. Como cubiertos de polvo están ahora los libros de ajedrez, un poco más abajo, en ese mismo mueble.

No sé si alguna vez hubo hermosas damas o peones femeninos, porque no era ensoñación lo que había en su rostro, sino concentración. Su mente estaba muchas jugadas más allá. O vete a saber dónde. Cuando la edad le pesaba para salir a practicar, cuando sus contrincantes empezaron a faltarle, se aficionó a jugar contra las máquinas. Siempre un programa nuevo, siempre mayor dificultad. Tampoco entonces, bajo aquellos nombres comerciales —Deep blue, el que ganó al campeón mundial—, se esconderían historias más cálidas que la lucha racista de blancas contra negras, que el sacrificio político de los peones por su rey, que el horror inhumano de los caballos derribados, muertos después de la batalla. O esa reina loca, la única que se mueve como y donde quiere. Y la torre, abolida, en ruinas.

Me falta capacidad de concentración y de análisis; no soy capaz de planificar mis actos con tanta premeditación. Prefiero el ensueño, el dejarme llevar, o la pelea imprevista y a muerte. Soy feliz si consigo el mate por instinto, también. Y no me parece deshonrosa la retirada a tiempo, si de salvar la vida o el amor se trata.

No me parezco a él, que era triangulador incluso en su trabajo: planos y mapas llenos de líneas cruzadas para ofrecer luego, como el milagro del logaritmo, la medida exacta de las cosas. Hermoso cuando se hacía así, a mano, después de haber marcado en ellos los puntos que traía en la libreta con olor a monte, en la bolsa del teodolito. Aprendí, eso sí, a triangular con él, porque quería saber para qué servían las líneas de colores que trazaba en los mapas.

Supongo que le molestaba en su trabajo, pero me enseñó. Y sin embargo no le devolví la paciencia con su juego, por más que, de vez en cuando, me permitiera ganar. Ahora no está, ya nadie juega al ajedrez, ya no hay humo en la habitación y me duele algo al sentir el tacto suave del barniz en el tablero.

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