Bares

tabernas

Precedido de esta fantástica y apropiada fotografía aparece «Tortilla de patata», mi texto premiado con una mención especial, en el libro que recoge los ganadores, segundos premios, áccesits y menciones especiales del 15 Concurso de relato corto y fotografía convocado por El coloquio de los perros bajo el lema «Bares».

Tortilla de patata

«Las redes sociales acaban con los bares».

Este titular apareció un día en el Facebook de una conocida revista virtual dedicada a la economía. Se desarrollaba en un extenso —en relación al medio, obviamente— artículo que pormenorizaba e ilustraba con gráficos el descenso del número de bares en proporción a la población de las diez ciudades más importantes del país. Las gráficas se habían adornado con representaciones de los típicos productos que se consumen en ellos: las de barras eran tubos de cerveza, los sectores circulares porciones de tortilla de patata y las líneas quebradas (claramente descendentes), estaban representadas como banderillas y pinchos morunos, dependiendo de su longitud.

Ni arrasó en dichas redes, ni fue trending topic, ni nada de nada. Es más: la mayoría de los pocos seguidores que lo leyeron, como no iban mucho a los bares, no le dedicaron mayor atención. ¡Cómo iban a creerse que la muerte del bar traería aparejado un cambio social tan grave como una glaciación!

Efectivamente. En la capital del país se había celebrado una convención de turismo y hostelería tan sólo unos días atrás. Se expusieron las novedades del sector y se habló públicamente del crecimiento del turismo, de la recuperación económica, de los buenos resultados de la hostelería rural, de la aparición de nuevos segmentos de mercado dedicados al ocio, a la aventura y al deporte en todas sus vertientes. Se celebró la recuperación de los festivales de música, del crecimiento exponencial de los consumidores del sector termal y las múltiples variantes que ofrecía. Los asistentes tuvieron que aprender una docena de nombres nuevos, como siempre en idiomas que la gran mayoría era incapaz de pronunciar correctamente, para referirse a las empresas dedicadas a los tratamientos para la salud, tanto del cuerpo (éstos casi siempre empezaban con «body»), como del alma. Y, por encima de todos los demás, destacaban las sonrisas y caras de satisfacción de todos los negocios dedicados a gastronomías específicas: desde los que trabajaban sólo el sushi, hasta los que ofrecían —esa moda no iba a cambiar ya nunca— extraordinarias y filosóficas presentaciones culinarias que en nada podían alimentar, no ya el «body», sino tampoco el «brain» del ser humano normal, por más que estuviese dispuesto a pagar cantidades astronómicas por un plato imposible de imaginar por su nombre en el menú, y, peor aún, de describir después de haberlo consumido.

Sólo el sector del bar puro, del tradicional establecimiento con una barra y cuatro mesas arrimadas a la pared de enfrente, fue incapaz de presentar unos resultados optimistas. Como bien se reflejaba en sus gráficos, el cierre de los locales era imparable, por más que algunos quisieran posponer su ruina renovándolos, cambiándoles el nombre o la decoración. Mientras no se modificase su concepto y se adscribiesen a las nuevas modas del sector, cada vez tendrían menos clientes, que consumirían menos y que dejarían casi más pérdidas que beneficios.

Así fue cómo Crescencio, después de que se encontrase un día, sin previo aviso, la persiana de su bar matutino echada, aporreó con ahínco la misma hasta que apareció José Luis, el dueño, levantándola a media altura para ver qué ocurría, a santo de qué esos golpes.

—Ya estaba preocupado, José Luis. Creí que te había pasado algo. ¿Cómo es que estás con la persiana echada?

—Anda, pasa y te cuento, que el bar está cerrado. Ahora mismo estaba haciendo un cartel para pegarlo en la persiana. Mira:

«SE TRASPASA ESTE NEGOCIO»

«TELÉFONO 666 505 666»

—Vaya, muy original no eres, ¿eh? Anda, ponme un café y cuéntame qué pasa.

—Un café no, que no he enchufado la cafetera. El barril sí está frío; ¿una caña? ¿Un vino?

—Nooo, no bebo a estas horas. Ponme… Es igual. No me pongas nada. ¿Qué ha pasado?

—Pues eso ha pasado, Crescencio. Que con cuatro como tú que pasáis aquí la mañana con un café, yo no pago ni la luz que gasta la cafetera. Que ya ves cómo va el negocio. Que las tapas que preparo para el vermú son mi comida y mi cena, porque nadie pide nada, y por la tarde vienen cuatro marujas que gastan lo mismo que los jubilaos por la mañana. Nada. Y que se me come el banco por los pies.

—Pues estamos bien. Me tendré que ir a lo del Centro de Día ése que abrió el Ayuntamiento. El bar de la otra esquina cerró hace un par de meses también, sin cartel ni nada.

—Ya lo sé. Y está peor que yo, que anda desaparecido para que no le pillen los acreedores, que ha dejado un pufo de los buenos. Y yo no quiero eso. Pago lo que debo, y a buscar curro. Qué se va a hacer. Anda, ayúdame a pegarlo.

—Pues lo de buscar curro, no sé yo. Si tú no sabes hacer nada más que servir cafés. Y la tortilla de patata te sale de muerte, que me lo ha dicho un pajarico.

Entre los dos pegaron el cartel cuidadosamente, siguiendo las ondulaciones de la persiana metálica, con mucho celo todo alrededor. Crescencio se asomó hasta la línea de los coches aparcados para ver el efecto y asintió con la cabeza. José Luis le miraba con aprecio:

—Venga, un abrazo, hombre. —Y volvió a entrar, sin dar opción a que le siguiera el anciano.

Éste se quedó unos segundos, quizá un minuto o dos, contemplando el cartel y asumiendo la situación. Mientras, tres personas pasaron entre él y la persiana. Sólo una se giró brevemente a leerlo, levantó los hombros y continuó su camino. Crescencio, volviéndose hacia los dos lados de la calle, se decidió por el banco soleado que había cerca de la esquina más lejana.

Allí recordó el barrio en el que había vivido toda su vida. Desde que las calles eran de tierra y las casas bajas tenían patio o corral. Las vecinas sacaban una silla de anea y se sentaban en corro a la fresca, en verano, después de regar la calle salpicando el agua que sacaban en un barreño apoyado en la cadera. En las fachadas había alguna parra, o un rosal, y macetas con geranios colgadas de aros de hierro empotrados. La Luisa traía de la cantina unas cervezas y gaseosas para los niños, que ya se cobraría. No vivía mal, la Luisa. Su local era bar, panadería (el pan se lo traía un mozo bien plantado desde el horno, siete u ocho calles más cerca del centro, demorándose un rato con ella, aún de madrugada, cuando le abría la puerta con apenas una bata ligera sobre el camisón de tirantes) y el colmado del barrio. Salvo la leche, que se vendía en la misma vaquería, tres puertas más abajo, en su tienda había todo lo necesario para sacar a los vecinos de un apuro: legumbres, aceite, sal, huevos, azúcar, café, sardinas rancias y alguna verdura y fruta de temporada, que le traía su sobrino del huerto que tenían donde acababa el barrio y ya todo eran campos, hortales, acequias, chopos, olivos y almendros hacia el monte.

Tan sólo tuvo un hijo la Luisa. El panadero lo reconoció, aunque no se casó con ella porque tenía ya mujer y tres chiquillos idénticos al suyo. Desde entonces, hacía una hornada para el colmado que nunca le cobró. Cuando el chaval se hizo cargo del negocio, su padre también se jubilaba. Dicen que le dejó el dinero para cambiarlo por un café al estilo de los del centro, con mesas de hierro y mármol y espejos en las paredes, y dicen también que su mujer no le volvió a hablar.

Los vecinos del barrio se mudaban al centro y de los pueblos venían otros buscando dónde meterse; la inmigración, decían. Había máquinas que demolían casas en menos tiempo del que cuesta decirlo, y las grúas construían edificios de cinco y seis alturas. Se urbanizaron calles y se abrieron comercios. Pronto hubo un colegio en el barrio, peluquería y barbero, zapatería, mercería y hasta un pequeño supermercado con carritos y caja registradora automática. Y bares, muchos bares. Él mismo, Crescencio, abrió uno, una pequeña casa de comidas, a la que acudían de una a tres tantos albañiles como cabían, a precio fijo el menú, con café, guiñote y palillo entre los dientes, en dos horas escasas. Se quedaron, a cambio del terreno, el local y un pisito pequeño en el mismo edificio que se construyó donde estaba la casita de una planta con la parra en la fachada y su corral, y trabajaron duro para salir adelante. Luego hubo que cuidar de la madre, que tardó muchísimo en morirse, y se les pasó la edad de tener hijos. Enseguida se murió la mujer de unas fiebres, y Crescencio cerró la casa de comidas. Con lo que tenía en el banco y lo que le dieran de alquiler, a vivir hasta que cobrase la pensión. Como el que le arrendó el local puso un bar de música y cubatas que abría por las tardes, se acostumbró a ir a echar la mañana en el de José Luis. No era cierto que sólo hiciera el gasto de un café: todos los días le regalaba el periódico que compraba al salir de casa, después de hacer el crucigrama y leer los titulares por encima y las páginas de deportes a fondo. Que eso también contaba, cabeceó Crescencio en su banco, al que ya le tapaba el sol el escaso follaje de un aligustre de tronco delgadico y poco brío.

El bar del hijo de la Luisa también cambió de manos. Dicen que el chico se metió en lo de las drogas, porque la policía se pasó un par de veces por allí y acabó precintándolo, y a él no se le volvió a ver. Por lo que fuera, quien lo cogió siguió con el doble negocio, y el bar adquirió mala fama enseguida. Hasta hubo firmas en los comercios para echar al dueño del barrio. Al fin, se puso en venta. Poco más tarde había allí una guardería, que aprovechó de ese modo la última casita de una planta, con un patio en el que podían jugar los pequeñuelos cuando hacía bueno, y que duró bastantes años, hasta que también compraron el solar para construir el edificio que le quitó el sol de tarde al piso de Crescencio.

En la iglesia del barrio —una moderna capilla con un curita joven sudamericano de acento dulce que había vuelto a llevar a misa a las adolescentes más reacias— suena una campanada. José Luis mira el reloj de plástico que tapa un desconchón de la pared y ve que es hora de volver a casa. La mañana le ha cundido casi como esperaba: acaba de terminar el inventario de la bebida que guarda en la trastienda. Echa el cierre a la persiana, mira el cartel y se acerca al banco en el que Crescencio dormita con la cabeza torcida sobre un hombro.

—¡Venga, hombre, que te va a dar una tortícolis!— le dice con una palmada en la espalda. La cabeza cae, inerte, hacia delante.

Mientras llega la ambulancia, José Luis llama a su mujer para que no le espere. La gente se arremolina alrededor. Una chica, enfermera, ha dicho que está muerto, que no hay nada que hacer. Ya se oye la sirena. El médico confirma la defunción, y llaman al juez para aquello del levantamiento del cadáver. Como él mismo les ha dicho que vive sólo y no le conoce familia, le cogen los datos y le dejan marchar.

Pero José Luis no sigue en dirección a casa. Vuelve hacia el bar y arranca el cartel de la persiana. «¡Qué coño!», piensa. «¡Pues si hay que montar un gastrobar, se monta un gastrobar!»

Las redes sociales arden unos meses después. La tortilla, el gastrobar de éxito que ofrece más de cincuenta tortillas diferentes —aunque la de patata sigue siendo la estrella, y sin deconstrucción que valga—, acaba de ganar el concurso de tapas provincial, algo que se ha puesto de moda y cada año consigue un público que se interesa más por la calidad de lo que come.

El único consumidor compulsivo de tortilla de bar que es a la vez lector de una revista virtual de economía, aquella que pronosticaba la muerte de los bares, sonríe al ver la foto de José Luis en la barra de su establecimiento, bajo el reloj de plástico que tapa el viejo desconchón, al otro lado de las cuatro mesas de formica arrimadas a la pared, y, justo debajo, trescientos veintidós «me gustas» en menos de una hora. «No va a ser ni hoy ni mañana», piensa. Apaga el móvil y se pide otra caña y un pincho de tortilla. De patata. De la de siempre.

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