Viñedo extremo. Los textos.

Adelanté una colaboración con la Denominación de Origen Calatayud. Aún no tengo (las cosas de palacio se gestan con prisas, pero van despacio) los catálogos definitivos, pero sí puedo mostrar ya mis textos inspirados en las preciosas fotos de la viña y la tierra de la Comarca de Calatayud.

Con prisas, decía: una colaboración fruto de casualidades, necesidad, urgencias… pero con la que todas las partes hemos quedado, por lo que sé, satisfechas. Quizá yo, conmigo misma, un poquitín menos, porque la palabra, como el vino, necesita su tiempo (repaso, reposo…), y no lo tuve. Aún así, supongo que tiene algo de la frescura de una cierta improvisación. Un puñado de versos libres como piedras caídas al suelo, como hojas secas que arremolina el viento, como surcos que traza la tormenta en la tierra. Van:

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Envejecido en vasijas celtíberas, a los dioses romanos lo diste como ofrenda: ya lo contó Marcial.
Monasterios de Piedra —y de silencio— lo acogieron, y monjes medievales consagraron el vino y fue milagro.
Antiguo como el hombre, vino joven, hijo de viña vieja, que renaces cada año de tu muerte de invierno, de tu tronco hibernado, y despiertas a la luz del sol cada mañana.

Brotan en primavera de tu cepa reseca yemas, pequeñas ramas, hojas suaves y tiernas y zarcillos rizados.
Tus flores invisibles fructifican sin viento, y esquivas las heladas tardías como puedes.
Y en los días calientes y lentos del verano, siempre frescas las noches de los montes y las sierras que habitas, crecen tus uvas, se aprietan los racimos, se te desborda en zumo cada grano.

Macabea desnuda en tonos verdes, malvasía, madre del vino blanco.
Rosado de uva dulce, garnacha, con aromas a fresa y frambuesa.

Racimos tintos de venas minerales, de cereza y violetas, granates y carnosos de arbusto y matorral.

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3

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Ladera de las sierras, piedemonte, barrancos. Hoces excavadas en la piedra caliza, baldíos y llanuras flageladas por vientos inclementes. Mira qué tierra dura, seca, abrasada de hielos y de estíos, un año, y otro, y otro.
Gravas, margas, arcillas, pizarras rojas, grises…
Mira qué pedregales atraviesan los ríos con nombres de reflejos —Mesa, Jalón, Ribota, Manubles, Piedra, Jiloca, Perejiles…— que hieren como dagas sin tocarte, vid extrema y prohibida.

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Como hembra antigua y sabia, has conseguido hendirlos, acuchillarlos de raíces profundas y enredadas. Te agarras a la vida robándole al subsuelo la humedad que se encauza en inaudibles arroyos subterráneos. Agua que trae aromas de tomillo y romero, rosal silvestre y moras.

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(C) Michel Arenas (116)

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Mira qué cielo extraño, qué inclemencia de sol. Que sea lluvia dulce y moje cada uno de tus surcos, que te empape sin ruido. Hazlo tormenta que entre con fuerza en tu interior. Que sea vendaval y te sacuda. Abrázate de vientos, quebrántate de heladas, silénciate de nieves. Y despierta de tiernas primaveras y hazte cielo en tu cielo.

En el límite de todas las alturas, donde el aire es más frío; en las planicies abrasadas, desiertas como páramos, sólo te llega el grito de algún pájaro. Di su nombre, comienza a desgranar su misterio en palabras. Haz tu fuerza más fuerte que el ruido de los truenos. La tormenta se pierde, la niebla se deshace, el sol se dulcifica. No dejen de abrazarme tus brazos de sarmiento.
Sólo quiero tu cuerpo, tus uvas, el silencio infinito.

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Yo te presiento y brindo por el vino derramado sobre tu cuerpo con sabor a tierra. Brindo por estas piedras empapadas y por tus labios secos teñidos de taninos. Brindo por las caricias y los besos, por cada rizo de cabello oscuro y por la luz que muere en tus pupilas. Brindaré hasta el final, hasta morir en ti: por las copas vacías, por los cuerpos exhaustos, por la vida.

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Al borde del abismo, azotada por vientos de todos los puntos cardinales, Viña Vieja, te nombran. Sabia y madura vid, arraigada en la piedra, anudada en sarmientos. Resistes las heladas tardías, el calor del estío, la herida del granizo y, en venganza, regalas al otoño racimos de uvas blancas, doradas, verdes, malvas, granates y violetas.

Has perdido las hojas: se volvieron doradas y encendidas. Volaron con el viento. Y tú extiendes tus dedos desnudos al breve sol de invierno.

Pero recuerda, viña, que naciste pequeña, regalada y mimada por la mano del hombre. Y que tu cuerpo, hoy retorcido y seco, fue un día también joven y frágil y tuvo que luchar contra los elementos. El hombre te cuidaba y protegía. Labró tu tierra y te libró de plagas. Es su forma de amarte, carente de caricias. Al hombre que te ame con respeto regalarás tus uvas, y ese hombre las hará jugo de dioses.

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Atrás te quedas, soberbia vid de soledad herida, quizá añorando a quien, guardando el equilibrio sobre las inestables piedras en las que sobrevives contra todo pronóstico —dolor en los riñones, tijera en mano y acariciando uvas—, se llevó el postrer racimo de tu viñedo sin horizontes. Casi inaudible, llevado por el primer viento helado del otoño, te llegará este brindis:

Sostened, amigos, las copas en alto y dejad que las bañe la luz de la luna de reflejos mudéjares. Brindemos por la tierra que acuna las raíces y la lluvia que verdeó las cepas en primavera. Por las manos que esrayaron, por el sol que concentró los jugos. Recordad las tijeras y los capazos, el lagar y la espera silenciosa. Brindad, amigos, por la vendimia. Por la vida, la muerte y el vino nuevo.

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Coordinación WAD STUDIO
Textos Cristina Cifuentes Bayo
Diseño y Maquetación WAD STUDIO
Fotografía Andrés Crespo, Chavi Nández, Javier Lázaro, Juan José Ceamanos, Michel Arenas, Pepe Verón, Sergio Cigüela, Vicente Joven, WAD STUDIO
Edita A.D.RI CALATAYUD-ARANDA

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