El gato de Užupis

Artículo 13 de la Constitución de la legendaria República de Užupis:

Un gato no está obligado a amar a su dueño, sino que debe ayudar en el momento de necesidad.

Tuve que viajar a Lituania para saber que no importaba que la gata no me quisiera. De todos modos, decidí que jamás, por necesitada que me sintiese, le pediría nada. Tampoco creo en fantasías. Está muy bien para eso de los cuentos infantiles, pero no, ni existen las hadas ni los gatos pueden ayudar, como no sea con su esquiva compañía. Por eso no toqué la oreja de la estatua del felino ni he dejado de tener miedo, como promete la leyenda. Mis miedos no me impiden hacer una vida normal; no he ido a un psicólogo, ni nada de eso. Tengo miedo a las arañas, a las atracciones de feria que me levantan del suelo (incluidos los aviones, aunque viajo en ellos) y cosas así, sin mayor trascendencia.

Lo que hice fue sentarme en un banco, enfrente de la valla de la joyería donde está instalada la escultura del gordo animal y observar a la gente que pasaba a su lado. Algunos, con tanta pinta de turistas como yo, sí le tocaban el pendiente de bronce, se reían y se hacían un selfi. Otros, acostumbrados a su presencia, pasaban de largo sin verlo. También hubo varios que le rozaron la oreja enjoyada como un ritual de su existencia, sin apenas detenerse. Como por si acaso.

Luego llegaron los gemelos, o eso me parecieron desde el principio. Dos muchachos jóvenes, cargados con enormes mochilas y vestidos de forma casi idéntica, con tejanos agujereados y camisetas negras. Calzaban deportivas viejas y ambos llevaban cubierta la cabeza: uno, muy rubio, con una gorra de beisbol con visera y el otro, de cabello rizado y negro, con un estrafalario sombrerito de copa. Pensé en regalarles una sesión en la barbería hípster que iluminaba otro de los lados de la plaza, porque llevaban el pelo largo y desgreñado, pero, obviamente, no me atreví a proponérselo. No entonces.

Sin embargo, después de jugar un rato con el obeso gato de bronce (al peso, ese animalito valía una fortuna), se acercaron a mi banco. Hice el ademán de moverme hacia un lateral, pero fueron rápidos y se sentaron uno a cada lado. Me di cuenta entonces de que iniciaban una «performance» para impresionarme: perfectamente sincronizados, dejaron sus mochilas en el suelo, sacaron un sándwich envuelto en papel de plata, lo desenvolvieron, arrugaron el envoltorio formando una pelota y la lanzaron hacia la papelera más cercana. Por supuesto, ambos encestaron, se levantaron dando vítores y ejecutaron unos ejercicios de atletismo con volatines y varios saltos mortales. No me quedó más remedio que aplaudir cuando, al finalizar, me dedicaron una reverencia.

Volvieron al banco y se presentaron: Asael y Samael. Me sonaron a nombres de ángeles, pero no estoy yo muy puesta. Me sacas de Miguel, Gabriel y Rafael y ya me he perdido. Quizá simplemente fueran de origen judío o vete a saber. Hablaban varios idiomas, incluyendo el mío, por suerte, y eran titiriteros, malabaristas, acróbatas, magos, payasos, músicos, actores, cantantes, artesanos, pintores, psicólogos, curanderos, ladronzuelos de poca monta, cualquier cosa que les permitiese sacar dinero para mantenerse mientras viajaban recorriendo el mundo. Y sí, eran gemelos: el rubio era de bote. Su padre huyó al saber del doble embarazo y la madre murió siendo adolescentes. En cuanto cumplieron la mayoría de edad, se despidieron de sus tutores sin demasiadas lágrimas por ningún lado y se fueron a conocer lugares, gentes y otras formas de vida.

Eran divertidos y amables. Entonces sí les ofrecí la barbería y una comida en el contiguo restaurante indio, cuyo aroma llevaba un rato despertando mi apetito. Renunciaron a lo primero haciendo aspavientos, como si cortarse las greñas fuese un atentado a su integridad, pero consintieron en acompañarme a comer, con una condición: aunque yo pagase, debería aceptar primero un amuleto que el de los rizos negros me obligó a sacar de uno de los bolsillos de mi propia mochila: un pequeño gato de bronce en miniatura, idéntico al original que teníamos enfrente. Me aseguró que, aunque no me quitaría el miedo, me traería suerte. Y que, —añadió el rubio— como indicaba la norma de la república independiente de Užupis, podría pedirle ayuda en caso de necesidad. Tres veces, como es lo habitual en estos casos —apostilló el moreno.

Me reí, se lo agradecí y, al entrar en el restaurante, pasé directa al cuarto de baño y, sintiéndome algo ruin, comprobé que, de mi mochila, a cambio del gato, no se hubiesen llevado nada. No lo habían hecho.

Asael se atragantó con un trozo de pollo tikka. Tosió, se incorporó, empezó a ponerse azul mientras su hermano le daba golpes en la espalda. El cocinero, un hombre calvo y grandote, salió corriendo para intentar hacerle un Heimlich sin resultado. Yo busqué en el bolsillo de la mochila mi móvil para llamar a emergencias y toqué el gato de bronce. Mientras marcaba el número, le rogué con el pensamiento que salvase a mi arcángel en apuros. Antes de que llegara la ambulancia, Asael respiraba casi con normalidad. El trozo de pollo descendía por su esófago avergonzado de haber causado ese lío.

Al salir del restaurante, compré en la joyería del gato una cadenita y me colgué el amuleto del cuello. Asael me sonrió, como si supiera que mi silenciosa intervención le había salvado la vida. Después nos fuimos a dar un paseo por la orilla del río Vilnia. Yo tenía que cruzar el puente para volver a mi hotel. Me acompañaron justo hasta la mitad; el agua mansa se deslizaba casi sin ruido. Vi a un niño escaparse de la mano de su madre y trepar al pretil. Vi a Samael correr hacia él. Me busqué el colgante en el pecho. Samael alcanzó al niño justo a tiempo de evitar que cayera.

Abracé a los jóvenes. Entre los dos me alzaron en volandas como si fuera leve como una pluma. Sentí algo de vértigo y toqué, sin siquiera proponérmelo, el gato. Me depositaron, sana y salva, en el suelo. Al llegar al otro extremo del puente los vi agitando sus manos y lanzándome besos que brillaban como estrellas y se deshacían al tocar el agua. La gente les había hecho corro y aplaudían.

 Repetí sus nombres para mí: Asael, Samael. Acaricié el amuleto. Sentí no haber solicitado al gatito de bronce poder unirme a su troupe, sentí no creer en cuentos de hadas, sentí ganas de volver a casa.

Los tres últimos artículos de la constitución de Užupis dicen:

39. No venzas.

40. No te defiendas.

41. No te rindas.

Los cumplo. Ahí sigo, esperando a que un día mi gata me quiera.

Comparta sus opiniones