El huerto de «La caja del legionario»
Muchas mañanas se iba con Pepe al huerto. Al verla levantada la primera, la Mariana le daba un gran tazón de leche tibia, un platillo con nata y azúcar y una rebanada de pan. Los cascos de la mula despertaban a Carolina, que se asomaba a la ventana y veía a Lolita salir a la puerta limpiándose la boca con el antebrazo. Años atrás fue ella la que iba montada en la mula, como entonces Lola. El recuerdo era límpido: las manos del hombre la alzaban hasta el tosco albardón y con la fresca de la mañana tomaban el camino de los huertos. Él marchaba delante, silencioso, guiando del ronzal a la caballería. De vez en cuando giraba el rostro y la miraba, los pequeños ojos tan azules brillando en su rostro de tierra reseca, oscuro y agrietado como sus manos. En las umbrías casi hacía frío, pero se adivinaba otro día de calor. Al llegar al hortal, Pepe ataba la mula, bajaba a la niña, las banastas de mimbre recosidas y la azada y decía:
—Lo primero el tomate, pa ponelo a la fresca antes que le dé el sol. Y no lo apretes o lo espachurrarás. —Su mano enorme y callosa envolvía con suavidad un tomate maduro, retorciéndolo para separarlo del tallo con delicadeza, sin desgarrar la piel, enseñándole—. Y déjalo en la cesta sin golpealo.
Se iba un poco más allá, a levantar la tajadera para que el agua fuese inundando los regueros poco a poco y quitar malas yerbas con la azada. Al poco volvía, miraba la cesta medio llena y decía:
—No la cargues más. Ahora ves llenando la otra de judía verde. —Y dejaba los tomates a la sombra de la higuera.
A la niña le embriagaba el aroma dulce de las tomateras y el más fresco de la judía verde. Le gustaban las matas trepando por el enrame de cañas finas, las tres puntas atadas con alambre un poco por encima de su cabeza. El sol subía y humedecía de sudor el nacimiento del pelo entre las trenzas.
—¡Pepe! —Volvía la cabeza y lo buscaba con la mirada.
—Ieeh —contestaba él. Y lo veía pasar hacia la mula para echar un par de melones tendrales en uno de los serones. La mula movía las orejas largas y la cola para espantar las moscas que empezaban a agobiarla.
—Ya está lleno el capazo.
—Vente p’acá con él. —El hombre se quitaba la boina y dejaba ver el pelo aún negro y la franja de frente blanca. Sacaba del bolsillo la navaja y abría por la mitad el tomate más grande y maduro. Del mismo bolsillo salía luego un salero de metal viejo: salaba las dos mitades y le daba una de ellas. La carne rosada y tersa se abría en cavidades llenas de jugo y pequeñas pepitas doradas. El sol se colaba entre las hojas de la higuera que crecía en el ribazo de la acequia. La niña cogía el tomate con ambas manos y lo dejaba entrar en la boca, con los ojos cerrados, anticipándose el olfato al gusto sabrosísimo del fruto. El jugo le escurría por la barbilla y las palmas de las manos y la niña Carolina sentía que nunca había comido un tomate tan rico.


4 Comentarios
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Que ternura pordios.
Tú sí que eres tierna y dulce. Gracias, Teresa.
Ideal, ideal. Sabroso como ese tomate. Muchas gracias por esta belleza.
Gracias a ti, Victoria.