El viajante viajero. 2º premio del XVIII concurso de literatura comarcal Jardiel Poncela, convocado por la Comarca Ribera Baja del Ebro.

A continuación comparto el relato premiado y publicado en el libro de la antología del concurso que convoca anualmente la Comarca Ribera Baja del Ebro. Un placer participar en las actividades culturales que allí se organizan.

El viajante viajero

Era un viajante a la antigua, sin automóvil propio. Tan sólo necesitaba una cartera, en la que llevaba los catálogos y la agenda, calculadora, dos bolígrafos de la empresa, y una pequeña maleta con un traje de repuesto y varias mudas de ropa interior. Ante las imágenes huidizas y veloces de los cristales de las ventanillas del tren, imaginaba amores apasionados y aventuras extremas con las inocentes pasajeras que le tocaban en suerte como compañeras de viaje, totalmente ajenas a los tejemanejes de su imaginación. Más tarde, en las noches solitarias de hoteles de provincias, con aquella letra hermosa de viajante antiguo, las escribía en su cuaderno pautado.
Ocurrió en una ciudad cuyo nombre no importa, parecida a tantas otras, a la que su secretaria —¿Paula?, ¿Laura?, ¿Gloria?— dedicaba tres días en su ruta cada trimestre. Sucedió, decimos, después de una brutal paliza y sin reloj, móvil, ni cartera, ni noción de quién le había asaltado después de la cena. Fue, en fin, tras una noche en vela, dolorido y meditando sobre el sinsentido de la existencia, al salir de la sala de observación del hospital en el que algún alma caritativa le había ingresado, cuando decidió empezar a vivir.
Con el informe de lesiones en la mano y sus próximos pasos en la mente, lo primero que hizo fue acudir a una comisaría y denunciar el robo de la cartera que contenía toda su documentación. Tras estampar sus huellas en un impreso, le citaron al día siguiente para entregarle el nuevo documento de identidad y le dieron un resguardo. Con él, fue a una sucursal de su banco y comprobó que no le habían desvalijado. Anuló las tarjetas de crédito, retiró dinero de su cuenta y preguntó por una tienda de bicicletas. Compró una con su correspondiente casco, culotte y camiseta, guantes, calzado, gafas y mochila: adiós a todas las cadenas menos una. Viajaría, sí, pero viviendo.
Apoyó la bici bajo el soportal de la cafetería más cercana, en la plaza porticada de la ciudad. Se sentó en la terraza y pidió un café con leche. Se demoró allí, al tibio sol de la mañana, leyendo el periódico. Después, sin prisa, lo plegó con pulcritud y llamó al camarero para pedir un bocadillo de lomo con tomate, envuelto para llevar y la cuenta, por favor.
La recepcionista del hotel —¿Nuria?, ¿Sofía?, ¿Sonia?— se asustó al ver las vendas y las magulladuras, pero reconoció a Julián Estébanez Feijoó, el viajante gallego. La joven confesó que, al saber por la mañana que la habitación no había sido utilizada, avisó al propietario. Ambos discutieron la conveniencia de tomar alguna decisión al respecto, pues jamás se les había dado el caso de que un hombre tan formal y de costumbres fijas y respetables como las suyas tuviese ese extraño comportamiento, no como otros, que… Pero don Ramón opinaba que no había que meterse en los asuntos de los clientes.
Julián la dejó hablar, complacido por la preocupación que demostraba. Después se lo agradeció, —«infinitamente», apostilló apretándole las manos— y huyó hacia el ascensor que le llevaba a su piso y habitación. Se duchó, abrió el armario y se vistió con ropa limpia; pero no eligió el traje que debería llevar para visitar a los clientes relacionados en su agenda bajo la fecha de aquel día. Colgó el traje ensangrentado y sucio en el otro lado del armario, se  puso la ropa deportiva recién comprada y llenó la mochila con una muda, el neceser y las dos novelas que se había llevado para el viaje. Metió también el cuaderno y su pluma favorita. Por último, guardó la bolsa con el bocadillo y cerró las cremalleras. Con la mochila colgando del hombro, echó una última mirada a la habitación —la reserva era por tres noches—, cerró por fuera con llave y bajó en el ascensor. Al abrirse la puerta automática, vio, con alivio, que la recepcionista no estaba en su puesto. Dejó el llavero sobre el mostrador y salió del hotel. Montó en la bicicleta, que había dejado en el patio de entrada y, tras un momento de duda, se lanzó alegre calle abajo haciendo algunas eses.
Salió de la ciudad sin fijarse en qué dirección tomaba. Tan sólo sentía el aire cálido contra el rostro, levantando su escaso pelo. Pensó en pararse y sacar del neceser las tijeritas de uñas para cortar ese mechón de cabello con el que intentaba tapar la calva prematura. Pero, con cada pedalada, dejaba el hotel y el resto de sus pertenencias un poco más lejos y esa sensación le llenaba de felicidad. Ya se cortaría el pelo de viajante. Miró a su alrededor. ¡Qué distinto era observar el paisaje a su antojo y no arrastrado por la velocidad y dirección inamovible del tren! Disfrutó de la brisa y aspiró el aroma del campo, que le trajo recuerdos de la niñez, de veranos de pueblo. Sintió el esfuerzo en las piernas delgadas, la tensión de los brazos y la espalda, un sorprendente descubrimiento de músculos desconocidos y el dolor de los golpes recibidos, atenuado aún por el efecto de los calmantes.
Cuando se cansó de pedalear, paró a un lado de la carretera y, a la sombra de una higuera en el ribazo de una viña, sacó el bocadillo de la mochila. Estaba bueno, pero le dio sed y no vio agua cerca. Había trigales recién segados, más viñedos, la línea lejana de chopos que marcaba el curso del río y pinares en el monte bajo del lejano horizonte que rodeaba la llanura. «Qué imprevisión», pensó. Se arrepintió enseguida, recordando que había decidido no preverlo todo, olvidarse de la agenda, de las citas marcadas y los horarios estrictos. Tampoco iba a morir de sed; ya encontraría una fuente. Fue a recostarse sobre el pequeño montículo que formaban las raíces retorcidas del árbol y miró las hojas al trasluz, el sol filtrándose, envolviéndolo en verdes, algún pedazo de azul recortado y las brevas con la piel oscura rajada, henchidas de jugo dulce. Comió unos cuantos frutos, se recostó al fin sobre el tronco y se durmió casi de inmediato.
Le despertó el ruido de su bicicleta al caer sobre las piedras. Con la mano en el manillar, lo miraba un chiquillo que, al momento, salió corriendo como un conejo campo a través. Se montó en la máquina para intentar darle alcance, pero su inexperiencia le impidió perseguirle por el terreno desigual entre las cepas. Sintió la adrenalina, la ansiedad que le impedía respirar y recordó la decisión que había tomado: se calmó, recuperó el aliento y las piernas dejaron de temblarle. Sacó la bicicleta hasta la carretera y continuó su viaje apaciblemente. Empezaba a sentirse el frescor del atardecer cuando llegó a un pueblo. En la plaza preguntó por una pensión tranquila.
La dueña era una mujer amable, aunque no muy habladora. Antes de quedarse dormido, recordó la única cama que podía considerar suya: un gran lecho con cabecero de nogal, donde durmieron sus padres durante toda su vida de casados, en el dormitorio de matrimonio de un piso antiguo, aunque grande y céntrico, en una ciudad inhóspita y nublada de la que se encontraba muy, muy lejos. Supo, en ese instante que precede al sueño, que nunca volvería a dormir en su cama ni a pisar su casa.
Soñó que la posadera —o una hermosa mujer, en cualquier caso— entraba en su cuarto y se besaban entre promesas de amor eterno, pero, en el sueño, él vigilaba la puerta con angustia. Despertó con un notable sobresalto y buscó en la penumbra los números brillantes de su despertador sin hallarlos. Por un momento, perdió la noción del lugar y de la fecha y no recordó lo que le había sucedido. Fue un instante eterno y angustioso. Luego, el orden se instaló en su cabeza y supo quién era ahora: Julián Estébanez Feijoó, viajero desencadenado. Cuarenta y cinco años, soltero, natural de Orense. Feliz poseedor de un piso que podía vender por el equivalente a una pensión vitalicia y de una bicicleta. Volvió a dormirse, deseando que la continuación del sueño fuese una apacible vida de posadero en aquel pueblo pequeño del que ni siquiera había aprendido el nombre.
Pese a que la patrona, María, no tenía la exuberante figura que sugería el leve camisón de su sueño nocturno, Julián agradeció con galantes requiebros los huevos con jamón que le sirvió para desayunar. Y, como era el único cliente de la mañana, ella aceptó gustosa un café en su mesa y un rato de conversación. No iba ésta por mal camino cuando apareció en la puerta un número de la guardia civil —vio por la ventana al otro fuera, junto al vehículo, fumando un pitillo— que no dudó al dirigirse hacia él y comunicarle, llamándole por su nombre, que habían encontrado parte de sus pertenencias: la cartera, con su documentación íntegra aunque sin dinero, y también el  móvil, un modelo antiguo sin valor. Debía volver a la ciudad a recogerlos.
Sintió cómo su nueva vida se esfumaba tras la puerta de la cocina, tras la hermosa posadera y el ruido de cacharros en la pila del fregadero. Se preguntó cómo era posible tanta eficacia, si apenas se cumplía un día desde el atraco, unas horas desde que había dado su nombre en la posada. Qué difícil era ser libre, pensó. Los guardias se ofrecieron a acercarle a la ciudad. Subió al coche patrulla y se sintió como un detenido, preso de la vulgaridad cotidiana, lejos de la libertad de los sueños.
Después de firmar la entrega de sus objetos, Julián volvió al hotel, sabedor de que no debía dejar más cabos pendientes. La joven recepcionista —Nuria, eso era— no le preguntó por su salud ni comentó nada, ni puso cara de amable sorpresa al verlo. Tampoco disimuló su frialdad al entregarle la llave de la habitación. Metió sus enseres en la maleta, sintiendo que había vuelto a una rutina odiosa y estéril. Comprobó que el móvil funcionaba, aunque no quedaba batería. Sin merecer ni una mirada de la ofendida empleada —pero, ¿qué diablos le había hecho él a esa chica?— depositó la llave y salió del hotel en la misma dirección del día anterior. Decidió pasear —la maleta no era pesada— en busca de un taxi, y deambuló por calles desconocidas hacia la salida de la ciudad que había tomado entonces, sin estar seguro de si iba bien encaminado.
No sabía que la ciudad se extendiese tanto hacia el valle, pues en sus visitas sólo había recorrido la zona céntrica, en la que estaban las tres antiguas ferreterías que visitaba, y el polígono industrial que quedaba a las afueras. Se preguntó cómo podía haber sido tan ajeno a la vida bulliciosa que contemplaba, al pequeño comercio, a los juegos de los niños en los patios de recreo, a la música de las fuentes en las plazas soleadas —los castaños de indias vestidos con hojas de ternura verde, brotes venciendo a la corteza leñosa—.
Descubrió, en aquella parte de la ciudad desconocida, otra ferretería que nunca había visto, ausente del listado que, en teoría, su secretaria —¿Gloria? ¿O quizá Paula?— renovaba trimestralmente; pensó en ella como en alguien irreal, un rostro confuso que apenas le miraba al entregarle los pedidos cuando, a la vuelta de sus viajes, los sacaba de la cartera de piel con el anagrama de la empresa. Vio una parada de taxis. Tres cuartos de hora después tocaba el timbre de la pensión. María, la posadera, miró la maleta y, sin hacer preguntas, improvisó un almuerzo. Pasó la tarde tumbado en la cama; a ratos dormido, a ratos leyendo una novela, a ratos pensando en su futuro. En algún momento puso el teléfono a cargar y observó que no tenía cobertura. En algún momento sacó el maletín de viajante y lo dejó sobre la mesa. Después, volvió a ponerse el equipamiento ciclista y le preguntó a la posadera por dónde dar un paseo con la bici. Ella le indicó cómo ir hacia la orilla del rio, dirigiéndole hasta un paraje de manantiales entre árboles centenarios. Allí, además de disfrutar de la hermosura y la paz de la naturaleza, las tonalidades de verdes y los sonidos del agua y de los pájaros, podría visitar un antiguo molino reconvertido en museo, en el que conocer el antiguo y noble oficio de la molienda.
Al anochecer estaba de nuevo lleno de dudas. Había tenido un sueño al alcance de la mano, demasiado corto para creerlo real. Como si las iniciales grabadas en la piel —«Ch&D»— del maletín le mostrasen el camino obligado, Julián Estébanez Feijoó, viajante indeciso, debía decidir hacia dónde y cómo dirigir su vida. Como si en la mochila pudiera encerrar todo el pasado, Julián Estébanez Feijoó, viajero sin cadenas, debía terminar con su vacilación. Y, como si estuviera entre ambos, Julián necesitaba hablar con alguien, pero no sabía con quién. ¿Quizá María? Fue al baño y, tras lavarse la cara, se miró en el espejo. Vio a un hombre magullado, desvalido, necesitado, perdido, desubicado, indeciso, terriblemente confuso. La bici y la maleta eran incompatibles. En un acto reflejo tomó el teléfono, el cuaderno y la pluma y salió de la habitación. De momento, bajaría a cenar.
Acababa de sentarse a la mesa cuando el timbre de la puerta de la posada sonó con insistencia. Al mismo tiempo, su teléfono móvil recuperó la cobertura y comenzó a emitir sonidos avisando de llamadas perdidas. María salió de la cocina, secándose con un paño. Al pasar por su lado, le apretó con dulzura un hombro, y él, sin pensar lo que hacía, le retuvo un segundo la mano, antes de que ella se soltase para ir a abrir. Julián lo sintió como un gesto de madre, quizá de esposa. Supo entonces que no iba a cambiar su decisión. Que haría una hoguera con la maleta, con la cartera de viajante, que arrojaría a las llamas la agenda y el móvil. Que vendería su piso y compraría una casita cerca del mar, o —¿a María le gustaría más?— en un valle escondido entre montañas. Que viajarían siempre en bicicleta mientras tuviesen fuerzas para ello. Que serían felices.
            En la pantalla del teléfono se listaban seis llamadas, tres avisos de mensajes de voz y uno de texto, casi todo de Ch&D. Leyó el último: «Urge contacto. Leandro. 659…». Don Leandro era el Director. Había otro de Paula —¡Ah, Paula, eso!, recordó Julián— la secretaria, también preocupada por él. Miró la fecha —ni siquiera sabía qué día de la semana era—, apagó el teléfono y lo dejó sobre el mantel.
            Viernes. Eso era fantástico. Tenía dos días por delante para pensar en cómo dejar solucionados todos sus asuntos y empezar a vivir. Porque, ya estaba claro, por más que quisiera quemar su agenda, para algunas cosas nunca quedaría otro remedio que planificar bien sus actos. Si no, el pasado siempre volvería a extender sus tentáculos y alcanzarle. María tardaba; lo más seguro —pensó— se habrían presentado clientes para el fin de semana y estaría enseñándoles la habitación. Abrió el cuaderno con el relieve de las iniciales y sacó su pluma del bolsillo. Pasó las páginas, buscando la primera en blanco. Vio sus historias escritas en los viajes, los amores imaginados, las otras vidas. Escribió:
«El viajante sabe lo poco que duran los fines de semana. El viajero cree que no tiene por qué haber más lunes en su vida».
Luego, volvió a la primera página y releyó:
«Mi nombre es Julián Estébanez Feijoó, viajante de una empresa llamada Ch&D. Llevo trabajando en ella diez años, llevando la cartera comercial de ferreterías, es decir: la parte «cadenas» —chains— que representa la Ch del anagrama. No sé inglés, así que no soy capaz de retener la palabra en ese idioma de la segunda inicial, la «D», que tiene que ver con las transmisiones. Pero sí sé una palabra anglosajona que empieza con «D», «dreams». Todo el mundo sabe lo que significa, porque sale en los títulos de las canciones y películas. Y a mí me gusta pensar que mi empresa se llama Chains & Dreams».
Si María se sentaba con él a cenar, iba a necesitar un cuaderno nuevo.

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