Por la sanidad pública
Suelo compartir en redes aquello que creo que puede ser de interés para quien que lo lea. Las aficiones que no solo hago por mí, sino también porque esperan un destinatario, un receptor con quien coincidir en gustos e intereses: mi escritura, mis viajes. Y si no recibiera esa respuesta, habría dejado de hacerlo.
Hoy, sin embargo, el mensaje va más allá: compartir, agradecer, pero, sobre todo, reivindicar.
Hoy hace cuatro meses y cinco días desde que una llamada de teléfono interrumpió un gesto cotidiano. Un número largo que me citaba para una prueba complementaria a una radiografía hecha el día anterior.
Hoy ha sido el mismo número el que ha interrumpido un momento de rutina. Para darme el alta y citarme en noviembre a revisión.
Entre un día y otro, vi a la de la guadaña de frente y cercana. Pasé por dos escáneres, una broncoscopia, una biopsia, especialistas en neumología, cirugía y anestesia, una espirometría, un tratamiento de hierro, una fisio preoperatoria (todo esto en un tiempo record), la cirugía en sí, otra radiografía y un postoperatorio. Entre pancarta y pancarta de esta carrera, compartí con la familia íntima unas navidades atravesadas por el miedo, practiqué el humor negro, firmé voluntades anticipadas, vi algo de luz con los resultados y respiré al saber que mi tumor estaba fuera del pulmón y era operable. Todos estudiamos lo que era el “timo”, y creo que no lo olvidaremos.
Debo agradecer mucho a muchos por ayudarme a sobrellevar este trago de veneno. Por el amor y la amistad, a todos los que habéis estado a mi lado cuanto podíais y como mejor supisteis hacerlo, pero, además y sobre todo:
A mi médico de cabecera, compañero y amigo, porque gracias a su humanidad, atención y sabiduría se descubrió el mal y puso en marcha el mecanismo a toda velocidad.
A todos los técnicos de las distintas especialidades que ayudaron a definir, situar y poner nombre —“timoma”— a la “masa” que se visualizó en el primer momento.
A todos los enfermeros y auxiliares que me atendieron en cada una de las pruebas, así como en la cirugía. A los administrativos que me citaron, me llamaron por teléfono y resolvieron mis dudas. A los celadores que me orientaron por los laberintos hospitalarios. A todos los invisibles que consiguen que el sistema funcione y que no acabaría nunca de nombrar.
A los especialistas que me explicaron y derivaron y tranquilizaron. Al cirujano que le regaló las manos al robot Da Vinci del Hospital Miguel Servet, cuya sonrisa y humanidad me devolvieron a mi primera consulta con mi médico de cabecera. A todos los que te vigilan, te cuidan y te atienden en el quirófano, en la UCI y en planta.
Al sistema público sanitario del que disponemos en este estado nuestro y en el que he tenido la enorme suerte de haber trabajado los últimos dieciocho años. Podría calcular lo que he contribuido en toda mi vida laboral a su mantenimiento. No puedo saber cuánto habrá supuesto el gasto en mi persona de estos cuatro meses, pero estoy segura de que lo he amortizado.
Como también lo estoy de que tenemos que seguir defendiéndolo: público, universal, gratuito, en el que no se mira quién es el enfermo, cómo se apellida, cuánto posee, por qué ha llegado hasta allí. Nos atiende, nos cuida, nos sonríe, nos cura si es posible y, si no, nos ofrece un trato digno hasta el final. No debemos permitir que decaiga, que se pierda. No podemos.
Gracias, por todo.
2 Comentarios
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Me alegro muchísimo, Cris. Un abrazo enorme!!!
¡Otro para ti!